Pequeñas «muertes» cotidianas: Cómo entender y atravesar el duelo

¿Alguna vez te has sentido profundamente devastado sin entender del todo por qué? No por el fallecimiento de un ser querido, sino por haber reprobado un examen importante en la universidad, la pérdida de un empleo tras años de trabajo, o una fuerte discusión con tu pareja o un amigo cercano que dejó un silencio helado en el aire.

La palabra duelo proviene del latín duelus, que se traduce directamente como dolor. Por lo general, asociamos este concepto exclusivamente con el luto, las honras fúnebres o la pérdida física. Sin embargo, la realidad psicológica del duelo es mucho más amplia, cotidiana y silenciosa.

En nuestro día a día convivimos con pequeñas «muertes» invisibles: el cierre de un proyecto, la mudanza de un amigo, la ruptura de un ideal o el fin de una etapa de vida. Aunque el mundo exterior siga girando aceleradamente y nos exija estar bien de inmediato, por dentro experimentamos que algo se ha roto.

¿Qué es el duelo?

Es fundamental dejar claro algo desde el principio: el duelo no es una enfermedad, un trastorno ni una señal de debilidad. Desde las ciencias del comportamiento, el duelo se define como un proceso natural de adaptación psicológica desencadenado ante cualquier pérdida significativa.

Cuando nos vinculamos afectivamente con algo o alguien —un empleo, un rol social, una pareja o un proyecto de vida—, nuestro cerebro construye esquemas mentales y expectativas sobre el futuro. Cuando esa realidad desaparece de forma abrupta, se genera un choque violento entre la realidad externa y nuestra estructura cognitiva.

Por esta razón, el duelo no se experimenta únicamente a nivel mental; repercute directamente en el cuerpo. Es común experimentar:

  • Fatiga extrema y agotamiento.
  • Sensación de opresión o vacío en el pecho.
  • Alteraciones en los patrones de sueño y apetito.

Estas manifestaciones son la respuesta biológica del organismo buscando asimilar que el entorno ha cambiado y que necesita reorganizarse para adaptarse a la nueva realidad.

Las fases del duelo

En la década de 1960, la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross formuló un modelo descriptivo para comprender las etapas del duelo. Aunque popularmente se ha interpretado como un camino rígido, la psicología contemporánea reconoce que estas fases no ocurren en un orden matemático. Son más bien como olas en el océano: van y vienen.

  1. Negación: Es el mecanismo de defensa inicial del cerebro ante el impacto. Expresiones como «Esto no me puede estar pasando a mí» o «Seguro es un error» funcionan como un amortiguador emocional para evitar que el dolor nos abrume de golpe.
  2. Rabia o Ira: Al imponerse la realidad, surge la frustración dirigida hacia el entorno, hacia los demás o hacia uno mismo. La ira es una respuesta natural frente a la impotencia de no poder revertir lo sucedido.
  3. Negociación: Fase en la que se busca recuperar una fantasía de control intentando hacer pactos con la realidad o el destino («Si cambio esto, tal vez todo vuelva a ser como antes»).
  4. Tristeza profunda o Depresión: En esta etapa, la ausencia o pérdida se vuelve innegable. Aparece el vacío, la nostalgia y la necesidad de recogimiento. No se trata de una depresión clínica patológica, sino de un estado afectivo necesario para procesar el impacto emocional.
  5. Aceptación: Aceptar no significa alegrarse por lo ocurrido ni olvidar la pérdida. Implica integrar el suceso en la historia de vida, entendiendo que la vida continúa a partir de esa nueva realidad.

Tipos de duelo

Dependiendo del contexto y del momento en que se procese la pérdida, la psicología identifica distintas dinámicas:

  • Duelo Anticipado: Comienza a procesarse antes de que la pérdida ocurra formalmente (por ejemplo, el anuncio previo del cierre de una empresa o el deterioro progresivo de una relación).
  • Duelo Retardado o Pospuesto: Ocurre cuando la persona se ve obligada a «ser fuerte» y congelar sus emociones para responder a exigencias prácticas inmediatas. Semanas o meses después, el dolor reprimido brota ante un detonante mínimo.
  • Duelo Crónico: Sucede cuando la persona queda atrapada en la intensidad del dolor a lo largo del tiempo, impidiendo la reconstrucción de su proyecto de vida.

Formas en que el duelo se complica

En consulta clínica también identificamos patrones donde el procesamiento emocional se bloquea:

  • Duelo Bloqueado: Uso de mecanismos de evitación tan intensos que la persona se desconecta emocionalmente («Aquí no ha pasado nada»), lo que suele derivar en somatizaciones como migrañas, problemas gastrointestinales o insomnio.
  • Duelo Inhibido: Ocurre cuando la persona reprime su malestar porque la sociedad o su entorno invalidan la pérdida con frases como «No te quejes, hay cosas peores».
  • Duelo Complicado o Patológico: Cuando el dolor, lejos de atenuarse, se intensifica y desencadena estados de ansiedad severa, depresión clínica o aislamiento persistente. En estos casos, la intervención profesional es fundamental.

El peligro de evitar el dolor

Vivimos en una cultura hiperproductiva orientada al positivismo apresurado que nos exige una recuperación inmediata («Pasa la página», «No pienses en eso»). Sin embargo, la evidencia en psicología demuestra que para sanar el dolor, es necesario atravesarlo.

Intentar suprimir el dolor emocional es equivalente a intentar sostener una pelota inflable bajo el agua: requiere un esfuerzo agotador e ininterrumpido, y tarde o temprano la pelota saldrá disparada a la superficie con mayor fuerza y de forma errática.

Permitirse sentir tristeza o frustración no es una muestra de debilidad, sino la vía biológica y psicológica para resignificar una pérdida. No obstante, se requiere un equilibrio: no debemos evitar el dolor, pero tampoco rumiarlo u obsesionarnos con él. El objetivo es procesar la emoción para soltarla, no instalarnos a vivir en ella.

Pautas para afrontar el duelo

Si estás atravesando una pérdida o quieres acompañar a alguien en este proceso, considera las siguientes pautas:

  1. Valida la pérdida: No compares tu dolor con el de los demás. Si una situación te genera sufrimiento, tu emoción es legítima.
  2. Nombra lo que sientes: Expresar la emoción verbalmente o por escrito ayuda a reducir la hiperactivación de la amígdala cerebral e integra la experiencia en la memoria narrativa.
  3. Preserva pequeñas rutinas: Dado que el duelo desorganiza el mapa mental, mantener hábitos básicos de descanso, alimentación y actividad física ligera brinda estructura y seguridad al cerebro.
  4. Crea rituales de cierre: Los símbolos permiten materializar el fin de una etapa (escribir una carta de despedida, organizar objetos personales o cerrar un ciclo de manera consciente).
  5. Abre espacio a la reconstrucción: Retomar proyectos o establecer nuevas metas no implica traicionar lo perdido, sino reconocer que se está listo para habitar de nuevo el presente.

¿Necesitas acompañamiento?

Si sientes que tu proceso de duelo se ha bloqueado o te resulta difícil encontrar herramientas para gestionar la pérdida, aquí en PSICOSAPIENS encontrarás artículos, recursos y orientación profesional basada en la ciencia del comportamiento y la psicología clínica para acompañarte en tu proceso.

La ansiedad en el bolsillo

La alerta permanente de la industrialización y la tecnología

El estrés forma parte de nuestra biología mucho antes de que existieran las oficinas, los teléfonos inteligentes o las redes sociales. Frente a una amenaza, el organismo activa rápidamente una serie de respuestas que aumentan nuestras posibilidades de sobrevivir: el corazón se acelera, la respiración se intensifica, los músculos se preparan para actuar y la atención se concentra en aquello que puede representar un peligro.

Durante miles de años, este mecanismo fue fundamental para responder a amenazas concretas e inmediatas. El problema aparece cuando un sistema diseñado para activarse ante una emergencia debe permanecer encendido durante largos períodos, desgastando la capacidad de respuesta de nuestro organismo.

Hoy podemos experimentar estrés por razones muy diferentes: incertidumbre laboral, problemas económicos, conflictos familiares, sobrecarga de trabajo, falta de sueño, comparación constante en redes sociales o la sensación de que siempre tenemos algo pendiente. El organismo responde a muchas de estas situaciones utilizando mecanismos que evolucionaron mucho antes de la vida moderna.

Una alarma diseñada para sobrevivir

Desde una perspectiva evolutiva, el estrés cumple una función adaptativa. Cuando nuestros antepasados encontraban un depredador, una situación de violencia, una tormenta o una lesión, no podían detenerse a analizar durante horas qué estaba ocurriendo. El cuerpo debía prepararse inmediatamente para actuar.

El corazón aumentaba su actividad para llevar sangre a los músculos, la respiración se aceleraba y se liberaban sustancias como la adrenalina y el cortisol. Al mismo tiempo, la atención se hacía más selectiva y algunas funciones que no eran prioritarias durante una emergencia pasaban a segundo plano.

Esta respuesta es particularmente útil cuando la amenaza es concreta, intensa y breve. La dificultad aparece cuando las amenazas son persistentes y no existe un momento claro en el que la emergencia termine. Una deuda, la inseguridad laboral, un conflicto prolongado o la sensación de falta de control no desaparecen después de unos minutos. En consecuencia, el organismo puede permanecer sometido a demandas repetidas durante mucho tiempo.

Cuando la vida comenzó a acelerarse

La historia moderna del estrés también está relacionada con la transformación de las condiciones de vida. Durante la Revolución Industrial, millones de personas pasaron a trabajar en fábricas caracterizadas por horarios rígidos, jornadas extensas, ruido, hacinamiento y menor autonomía sobre el propio tiempo. La vida comenzó a organizarse cada vez más alrededor del reloj.

En el siglo XIX se hizo popular entre ciertos sectores médicos el diagnóstico de neurastenia, utilizado para describir cuadros de agotamiento nervioso, fatiga, irritabilidad, insomnio, dolores de cabeza y dificultades para concentrarse. Aunque hoy sabemos que esa categoría reunía experiencias diferentes, expresaba una preocupación que sigue siendo reconocible: la posibilidad de que determinadas condiciones de vida terminen sobrepasando nuestra capacidad de adaptación.

La explicación científica de aquella época era todavía limitada. Se hablaba de “nervios agotados” o de los efectos de una vida moderna excesivamente intensa. Sin embargo, comenzaba a consolidarse una idea importante: el entorno puede afectar profundamente nuestra salud física y psicológica.

Cannon y Selye: la medicina comienza a explicar el estrés

Durante las primeras décadas del siglo XX, la fisiología permitió comprender con mayor precisión qué ocurre en el organismo ante una amenaza. El fisiólogo Walter Cannon fue uno de los investigadores fundamentales para explicar la respuesta de “lucha o huida”. Su trabajo mostró que la reacción ante el peligro no era simplemente una sensación subjetiva: implicaba cambios corporales coordinados por sistemas nerviosos y hormonales.

Walter Cannon

Décadas después, en 1936, el médico Hans Selye popularizó el concepto de estrés en la medicina. Selye propuso que el organismo podía responder de manera general ante demandas intensas o sostenidas y describió un proceso que incluía una fase de alarma, una fase de adaptación y, cuando la exigencia continuaba durante demasiado tiempo, una fase de agotamiento.

Hans Selye

De las trincheras al estrés psicológico

Las guerras del siglo XX obligaron a la medicina y a la psiquiatría a enfrentarse con otra dimensión del problema. Durante la Primera Guerra Mundial, numerosos soldados presentaron temblores, pesadillas, insomnio, ataques de pánico, confusión, parálisis y dificultades para regresar a la vida cotidiana. Estas reacciones fueron inicialmente interpretadas de distintas maneras, incluyendo explicaciones relacionadas con lesiones físicas provocadas por las explosiones.

Con el tiempo, se hizo evidente que la exposición extrema al peligro, la violencia y la pérdida podía producir consecuencias psicológicas profundas. Esta evolución permitió diferenciar mejor entre estrés, reacciones agudas, problemas de adaptación y trauma. En 1980, el trastorno por estrés postraumático fue incorporado oficialmente a los manuales diagnósticos de la psiquiatría.

Esto también permite establecer una distinción importante: estrés y trauma no son sinónimos. Todas las personas pueden experimentar estrés, mientras que el trauma se relaciona con acontecimientos que pueden desbordar profundamente la capacidad de respuesta, como determinadas experiencias de violencia, abuso, accidentes graves, guerra o desastres.

No solo importa lo que ocurre, sino cómo lo enfrentamos

Durante el siglo XX, la psicología amplió la pregunta. No bastaba con estudiar las demandas externas: también había que comprender por qué una misma situación podía generar respuestas diferentes en distintas personas.

El psicólogo Richard Lazarus contribuyó a desarrollar una perspectiva según la cual el estrés depende no solamente de lo que sucede, sino también de cómo evaluamos la situación y de los recursos que percibimos para afrontarla.

Esto no significa que “todo esté en la mente”. La falta de dinero, la violencia, la inseguridad o una sobrecarga laboral son condiciones reales. Pero la evaluación que hacemos de una situación —si la percibimos como manejable, peligrosa, injusta o interminable— puede influir en nuestra respuesta.

Esta perspectiva también ayuda a entender por qué algunas estrategias proporcionan alivio inmediato pero mantienen el problema a largo plazo. Evitar una conversación difícil puede reducir momentáneamente la tensión, mientras que responder correos laborales hasta la madrugada puede disminuir una sensación inmediata de culpa, pero reforzar una cultura de disponibilidad permanente. Texto pegado.txtTXT

El costo de vivir bajo presión

En las últimas décadas, la investigación sobre estrés ha prestado especial atención a sus efectos acumulativos. El neurocientífico Bruce McEwen desarrolló el concepto de carga alostática para describir el costo que puede producir la adaptación repetida a las exigencias del entorno.

Dormir poco, trabajar sin pausas, vivir bajo incertidumbre, cuidar a otras personas sin suficiente apoyo o permanecer constantemente pendiente del teléfono pueden convertirse en fuentes de demanda. Ningún factor explica por sí mismo toda la experiencia de una persona, pero su acumulación puede dificultar la recuperación.

El estrés sostenido puede manifestarse como agotamiento, irritabilidad, tensión muscular, problemas de sueño, dificultades de concentración, cambios en el apetito o una mayor sensibilidad emocional. Esto no significa que todo cansancio sea un trastorno ni que cualquier síntoma físico tenga una causa psicológica. La evaluación de la salud debe considerar múltiples factores.

La fábrica ahora vive en el bolsillo

Quizás una de las transformaciones más significativas del estrés contemporáneo es que las fronteras entre trabajo y descanso se han vuelto menos claras. En el siglo XIX, la fábrica organizaba el tiempo de trabajo. En el siglo XXI, para muchas personas, esa fábrica puede viajar en el bolsillo.

El teléfono permite trabajar desde prácticamente cualquier lugar, pero también puede convertir la disponibilidad permanente en una expectativa. Ya no necesariamente terminamos nuestra jornada: simplemente dejamos de responder durante algunas horas.

A esto se suma la comparación constante de las redes sociales. El trabajo, los viajes, las relaciones y los cuerpos de otras personas aparecen convertidos en una vitrina permanente. La sensación de que todos avanzan más rápido puede convertirse en otra fuente de presión.

En este contexto también se popularizó el término burnout. La Organización Mundial de la Salud lo reconoce como un fenómeno ocupacional relacionado con el estrés crónico laboral que no ha sido gestionado adecuadamente, y no como una enfermedad que pueda utilizarse para explicar cualquier forma de agotamiento.

No se trata solamente de aprender a aguantar

Cuando pensamos en estrés, es habitual preguntar: “¿Cómo puedo manejarlo mejor?” Esa pregunta puede ser útil, pero no es suficiente. También necesitamos preguntarnos: ¿Qué está haciendo que mi sistema tenga que aguantar tanto?

A veces será necesario establecer límites, dormir mejor, reorganizar una carga, pedir ayuda o modificar determinados hábitos. En otras ocasiones, será necesario apoyo psicológico, médico o ambos. En PSICOSAPIENS estamos listos para acompañarte en el proceso.

En otras situaciones el problema no se encuentra exclusivamente dentro de la persona. Las condiciones laborales, la precariedad, la sobrecarga de cuidados, la violencia, la desigualdad o la ausencia de redes de apoyo también pueden producir demandas difíciles de resolver mediante estrategias individuales.

El estrés es una parte de nuestra biología y, en determinadas circunstancias, puede ayudarnos a responder. Pero cuando la alarma permanece encendida durante demasiado tiempo, puede ser necesario dejar de preguntarnos únicamente cómo resistir más y comenzar a preguntarnos qué necesitamos cambiar para no tener que vivir permanentemente en modo supervivencia.

Del manicomio al hogar: breve historia de la depresión en el siglo XX

En 1955, solo en Estados Unidos había 558.239 personas internadas en hospitales psiquiátricos estatales por trastornos mentales graves, muchas de ellas por depresión severa. Para 1994, esa cifra se había reducido a 71.619 personas. Una disminución de casi medio millón de internaciones en menos de cuarenta años.

Ese dato, por sí solo, resume una de las transformaciones más profundas de la medicina del siglo XX: el paso de la depresión como una condición que condenaba al encierro, muchas veces de por vida, a una condición que hoy puede tratarse mientras la persona mantiene su trabajo, su hogar y sus vínculos. Entender cómo ocurrió ese cambio, y qué aprendimos —y qué riesgos nuevos surgieron— en el camino, es clave para tomar mejores decisiones hoy frente al propio malestar.

Un siglo sin herramientas biológicas

A comienzos del siglo XX, la psiquiatría no contaba con ningún tratamiento farmacológico eficaz para la depresión. Ante la ausencia de herramientas biológicas, la respuesta institucional predominante fue el internamiento en asilos y sanatorios psiquiátricos. Estas instituciones habían surgido originalmente bajo la lógica del «tratamiento moral», con la intención de ofrecer un espacio de cuidado alejado de las cárceles y las calles.

Sin embargo, ya para comienzos del siglo XX, buena parte de estas instituciones estaban saturadas y mal financiadas, y funcionaban más como espacios de contención que de tratamiento real. Una persona con depresión severa podía permanecer internada durante años, e incluso durante toda su vida, no por ausencia de posibilidad de mejora, sino por la falta absoluta de alternativas terapéuticas disponibles en ese momento histórico.

El punto de inflexión: los años 50

El cambio comenzó, de forma casi accidental, en la década de 1950. La iproniazida, un compuesto que se investigaba como tratamiento para la tuberculosis, mostró un efecto inesperado: los pacientes que la recibían no solo mejoraban de su condición pulmonar, también presentaban una notable mejoría anímica. Este hallazgo dio origen a la primera familia de antidepresivos, los IMAO.

De forma paralela, el psiquiatra suizo Roland Kuhn probaba un compuesto originalmente destinado al tratamiento de la esquizofrenia. Si bien no resultó eficaz para ese propósito, se observó que aliviaba de forma significativa los síntomas depresivos. Ese compuesto, la imipramina, se convirtió en el primer antidepresivo tricíclico, llamado así por la estructura de su molécula, compuesta por tres anillos de átomos unidos entre sí.

Por primera vez, existía evidencia empírica de que un compuesto químico podía modificar el estado de ánimo de manera medible. Este hallazgo fue clave para consolidar la comprensión de la depresión como un fenómeno con un componente biológico, más allá de las explicaciones puramente morales o caracterológicas predominantes hasta entonces.

En paralelo, la introducción de la clorpromazina en la primera mitad de esa misma década, el primer antipsicótico eficaz, demostró que los síntomas psiquiátricos graves podían controlarse farmacológicamente. Este descubrimiento, junto con las crecientes denuncias sobre las condiciones de los hospitales psiquiátricos, impulsó el traslado progresivo del tratamiento hacia el ámbito ambulatorio.

De la institucionalización al tratamiento en el hogar

El resultado de estos hallazgos se refleja con claridad en las cifras citadas al inicio: la reducción de casi medio millón de internaciones psiquiátricas en Estados Unidos entre 1955 y 1994. Este proceso, conocido como desinstitucionalización, no estuvo exento de consecuencias problemáticas —numerosas personas quedaron sin la red de apoyo comunitario que debía acompañar este cambio, un debate que la salud pública sigue teniendo hasta hoy—, pero representó un punto de inflexión irreversible: por primera vez, una persona con depresión severa tenía una posibilidad real de tratamiento fuera del encierro institucional.

La llegada de los ISRS

Los primeros antidepresivos, pese a su eficacia, presentaban limitaciones importantes: efectos secundarios intensos y riesgo real de toxicidad en caso de sobredosis. Este panorama cambió con la introducción, en 1987, de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), entre ellos la fluoxetina.

Los ISRS actúan de forma más selectiva sobre la serotonina, lo cual se tradujo en un perfil de efectos secundarios considerablemente más manejable respecto a sus predecesores. Para millones de personas en las últimas décadas, este avance ha representado una mejora sustancial en su capacidad de sostener una vida funcional. Se trata de un progreso médico real, cuyo valor no debe subestimarse.

Los límites de la medicalización

Ahora bien, la eficacia demostrada de un fármaco no implica que deba constituir siempre la primera ni la única respuesta frente al malestar emocional. En las últimas décadas se observa un fenómeno de creciente preocupación: la medicalización de malestares que, en un número considerable de casos, no responden a un desajuste biológico primario, sino a factores ambientales identificables: un duelo no procesado, una relación interpersonal sostenidamente dañina, una sobrecarga laboral crónica, un aislamiento social no resuelto.

Desde la perspectiva de la psicología evolucionista, este fenómeno resulta coherente: buena parte del malestar emocional no constituye una disfunción del organismo, sino una respuesta adaptativa —aunque dolorosa— ante condiciones de vida para las cuales nuestra especie no cuenta con una adaptación evolutiva específica: aislamiento social crónico, ritmos de vida acelerados, pérdida de estructuras comunitarias, exigencias que exceden la capacidad de afrontamiento individual. El sistema emocional humano responde a estas condiciones tal como fue moldeado a lo largo de la evolución para hacerlo: mediante alarma, retraimiento y tristeza. El síntoma, en estos casos, no constituye el problema en sí mismo, sino una señal indicativa de que algo en el entorno o en la forma de vinculación de la persona requiere modificación.

Cuando la medicación se utiliza para suprimir esa señal sin intervenir sobre su origen, se corre el riesgo de silenciar la alarma sin resolver la causa que la generó. El malestar deja de manifestarse de forma aguda, pero la condición subyacente permanece intacta, prolongando el sufrimiento de manera más silenciosa y, en ocasiones, más prolongada en el tiempo.

El rol de la terapia psicológica

En este punto, la terapia psicológica cumple una función que el tratamiento farmacológico no sustituye: construye el espacio en el cual se aborda efectivamente la causa del malestar. Los patrones de pensamiento que lo sostienen, las dinámicas relacionales involucradas, las decisiones de vida pendientes, la forma en que la persona interpreta y responde a su entorno. Se trata de un proceso de temporalidad distinta al efecto de un fármaco, pero es el que produce cambios estructurales y duraderos, dado que no se limita a modificar la expresión sintomática, sino la relación de la persona con su propia vida.

Ni temor a la terapia, ni temor a la medicación

La evidencia histórica revisada nos permite reconocer que no debemos temerle a la terapia psicológica bajo la idea de que constituye un recurso reservado únicamente para casos graves, ni tampoco debemos temerle o estigmatizar la medicación.

En apenas un siglo, la ciencia desarrolló herramientas que antes resultaban impensables. Sin embargo, ninguna de estas herramientas rinde su máximo potencial utilizada de forma aislada, cuando la situación clínica requiere de ambas. Existen casos en los que la terapia psicológica resulta suficiente por sí sola. Existen otros en los que, sin un tratamiento farmacológico adecuado, resulta extremadamente difícil iniciar siquiera el proceso terapéutico, debido al grado de desregulación fisiológica presente. Y existe un amplio número de casos en los que la combinación de ambos abordajes constituye la intervención más efectiva.

No existe una jerarquía de valor entre quienes realizan únicamente terapia y quienes además reciben tratamiento farmacológico. Lo que sí resulta indispensable es que ambas decisiones se adopten de forma informada y con acompañamiento profesional, evaluando las particularidades de cada situación clínica.

Si consideras que este es un momento propicio para iniciar ese proceso, ya sea para comprender el origen de un malestar, acompañar un tratamiento farmacológico en curso, o disponer de un espacio de reflexión terapéutica, en mi consulta como psicólogo trabajo desde un enfoque que integra la comprensión evolutiva de las emociones humanas con herramientas terapéuticas aplicables a la vida cotidiana.

¿Puede aprenderse la indefensión y la desesperanza?

La psicología moderna le debe a Martin Seligman una de las comprensiones más profundas sobre cómo los seres humanos procesamos la frustración, la desesperanza y el sufrimiento. Seligman, psicólogo y escritor estadounidense nacido en 1942, es ampliamente reconocido como el padre de la Psicología Positiva, una corriente orientada al estudio del bienestar, la resiliencia y el desarrollo del potencial humano.

Sin embargo, antes de centrarse en las emociones positivas y el florecimiento personal, Seligman dedicó años a estudiar el origen de la depresión y la pasividad ante el dolor, un trabajo que lo llevó a formular el célebre concepto de la indefensión aprendida (learned helplessness).

El experimento: cuando el control se pierde

En la década de 1960, Seligman y su equipo de la Universidad de Pensilvania llevaron a cabo un experimento pionero con perros para entender cómo afectaba la impredecibilidad del dolor al comportamiento animal.

El estudio dividió a los sujetos en tres grupos dentro de una caja con dos compartimentos separados por una pequeña barrera:

  • Grupo 1: Los animales recibían descargas eléctricas leves en las patas, pero disponían de una palanca que podían presionar con el hocico para detener la descarga. Tenían el control sobre la situación.
  • Grupo 2: Los animales recibían exactamente las mismas descargas en duración e intensidad, pero la palanca de su caja no funcionaba. Las descargas se detenían únicamente cuando el perro del Grupo 1 presionaba la suya. En este caso, nada de lo que hicieran afectaba el resultado.
  • Grupo 3: Grupo de control, que no recibía descargas eléctricas.

En la segunda fase del experimento, se colocó a todos los perros en una caja con una barrera baja que permitía saltar fácilmente de un lado (donde se emitía la descarga) al otro lado (seguro).

Los perros del Grupo 1 y del Grupo 3 aprendieron rápidamente a saltar la barrera en cuanto sentían la descarga para ponerse a salvo. Sin embargo, los del Grupo 2 se acostaron en el suelo, gimieron y aceptaron la descarga sin intentar escapar, a pesar de que el obstáculo para salir del dolor era mínimo.

Habían asumido una premisa destructiva: «Haga lo que haga, no servirá de nada». Habían desarrollado lo que Seligman llamará indefensión aprendida.

Una precisión ética fundamental

Es indispensable señalar que un estudio con este diseño hoy no estaría permitido por los comités de bioética. Las normativas internacionales contemporáneas sobre experimentación animal imponen estándares rigurosos de bienestar que prohíben someter a seres sintientes a estímulos aversivos, dolorosos o traumáticos sin un beneficio directo para su salud o sin alternativas no invasivas.

Aunque el trabajo de Seligman aportó hallazgos cruciales sobre la conducta, también ayudó a sentar las bases para la creación de protocolos de investigación mucho más éticos y respetuosos.

Romper el patrón: el valor de la terapia psicológica

La indefensión aprendida no se limita a un laboratorio. En los seres humanos, este fenómeno se instala con frecuencia durante la infancia. Crecer en entornos donde nuestras necesidades emocionales eran ignoradas, donde el castigo era impredecible o donde el mensaje constante era la incapacidad, moldea nuestra arquitectura cognitiva. Aprendemos a reaccionar ante el miedo, la frustración y la adversidad rindiéndonos antes de intentarlo.

En la vida adulta, esto se traduce en:

  • Relaciones destructivas que se toleran por la creencia de que «no hay alternativa».
  • Estancamiento profesional por asumir de antemano el fracaso.
  • Ansiedad y depresión, alimentadas por un diálogo interno que repite que ningún esfuerzo cambiará la realidad.

La buena noticia es que lo que se aprende se puede desaprender. La terapia psicológica ofrece el espacio seguro necesario para revisar la historia personal, identificar esas distorsiones cognitivas e interpretar de manera distinta la propia capacidad de agencia. A través de procesos terapéuticos —como la reestructuración cognitiva y la exposición gradual— es posible construir lo que el propio Seligman acuñó tiempo después el optimismo aprendido.

Asistir a terapia no es un signo de debilidad, sino el acto explícito de recuperar el control. Es el paso decisivo para saltar esa barrera que en la infancia parecía insuperable y comprobar, al fin, que al otro lado sí hay una salida.