¿Puede aprenderse la indefensión y la desesperanza?

La psicología moderna le debe a Martin Seligman una de las comprensiones más profundas sobre cómo los seres humanos procesamos la frustración, la desesperanza y el sufrimiento. Seligman, psicólogo y escritor estadounidense nacido en 1942, es ampliamente reconocido como el padre de la Psicología Positiva, una corriente orientada al estudio del bienestar, la resiliencia y el desarrollo del potencial humano.

Sin embargo, antes de centrarse en las emociones positivas y el florecimiento personal, Seligman dedicó años a estudiar el origen de la depresión y la pasividad ante el dolor, un trabajo que lo llevó a formular el célebre concepto de la indefensión aprendida (learned helplessness).

El experimento: cuando el control se pierde

En la década de 1960, Seligman y su equipo de la Universidad de Pensilvania llevaron a cabo un experimento pionero con perros para entender cómo afectaba la impredecibilidad del dolor al comportamiento animal.

El estudio dividió a los sujetos en tres grupos dentro de una caja con dos compartimentos separados por una pequeña barrera:

  • Grupo 1: Los animales recibían descargas eléctricas leves en las patas, pero disponían de una palanca que podían presionar con el hocico para detener la descarga. Tenían el control sobre la situación.
  • Grupo 2: Los animales recibían exactamente las mismas descargas en duración e intensidad, pero la palanca de su caja no funcionaba. Las descargas se detenían únicamente cuando el perro del Grupo 1 presionaba la suya. En este caso, nada de lo que hicieran afectaba el resultado.
  • Grupo 3: Grupo de control, que no recibía descargas eléctricas.

En la segunda fase del experimento, se colocó a todos los perros en una caja con una barrera baja que permitía saltar fácilmente de un lado (donde se emitía la descarga) al otro lado (seguro).

Los perros del Grupo 1 y del Grupo 3 aprendieron rápidamente a saltar la barrera en cuanto sentían la descarga para ponerse a salvo. Sin embargo, los del Grupo 2 se acostaron en el suelo, gimieron y aceptaron la descarga sin intentar escapar, a pesar de que el obstáculo para salir del dolor era mínimo.

Habían asumido una premisa destructiva: «Haga lo que haga, no servirá de nada». Habían desarrollado lo que Seligman llamará indefensión aprendida.

Una precisión ética fundamental

Es indispensable señalar que un estudio con este diseño hoy no estaría permitido por los comités de bioética. Las normativas internacionales contemporáneas sobre experimentación animal imponen estándares rigurosos de bienestar que prohíben someter a seres sintientes a estímulos aversivos, dolorosos o traumáticos sin un beneficio directo para su salud o sin alternativas no invasivas.

Aunque el trabajo de Seligman aportó hallazgos cruciales sobre la conducta, también ayudó a sentar las bases para la creación de protocolos de investigación mucho más éticos y respetuosos.

Romper el patrón: el valor de la terapia psicológica

La indefensión aprendida no se limita a un laboratorio. En los seres humanos, este fenómeno se instala con frecuencia durante la infancia. Crecer en entornos donde nuestras necesidades emocionales eran ignoradas, donde el castigo era impredecible o donde el mensaje constante era la incapacidad, moldea nuestra arquitectura cognitiva. Aprendemos a reaccionar ante el miedo, la frustración y la adversidad rindiéndonos antes de intentarlo.

En la vida adulta, esto se traduce en:

  • Relaciones destructivas que se toleran por la creencia de que «no hay alternativa».
  • Estancamiento profesional por asumir de antemano el fracaso.
  • Ansiedad y depresión, alimentadas por un diálogo interno que repite que ningún esfuerzo cambiará la realidad.

La buena noticia es que lo que se aprende se puede desaprender. La terapia psicológica ofrece el espacio seguro necesario para revisar la historia personal, identificar esas distorsiones cognitivas e interpretar de manera distinta la propia capacidad de agencia. A través de procesos terapéuticos —como la reestructuración cognitiva y la exposición gradual— es posible construir lo que el propio Seligman acuñó tiempo después el optimismo aprendido.

Asistir a terapia no es un signo de debilidad, sino el acto explícito de recuperar el control. Es el paso decisivo para saltar esa barrera que en la infancia parecía insuperable y comprobar, al fin, que al otro lado sí hay una salida.

El experimento de conformidad de Solomon Asch: ¿Por qué cedemos a la presión del grupo?

Imagina que estás en una sala de juntas o en una reunión social. Se plantea una pregunta cuya respuesta es obvia, evidente y lógica. Tú la sabes con total certeza. Sin embargo, antes de tu turno, cinco personas responden exactamente lo mismo, pero dicen algo que es claramente incorrecto.

Llega tu momento de hablar. ¿Mantienes tu postura o te sintonizas con la mayoría para no desencajar?

La mayoría de nosotros nos gusta pensar que somos independientes, analíticos y dueños de nuestro propio criterio. Pero la psicología social demostró hace décadas que el peso de «la manada» es mucho más fuerte de lo que estamos dispuestos a admitir. Esto es lo que descubrió Solomon Asch en 1951.

El experimento que desnudó nuestra necesidad de encajar

El psicólogo Solomon Asch diseñó un experimento extraordinariamente simple pero revelador. Reunió a grupos de estudiantes para una supuesta «prueba de percepción visual». En realidad, todos los miembros del grupo —menos uno— eran actores coordinados por el investigador.

El ejercicio consistía en mirar dos cartas: una con una línea de referencia y otra con tres líneas de diferentes longitudes (A, B y C). Los participantes debían decir en voz alta cuál de las tres líneas medía lo mismo que la de referencia. La respuesta correcta era innegable.

Durante las primeras rondas, los actores respondieron correctamente. Pero luego, empezaron a señalar unánimemente una línea que era visiblemente más corta o más larga. El participante real, que siempre votaba al final, se encontraba atrapado en un dilema: creerle a sus propios ojos o creerle al grupo.

Los datos que sacudieron a la psicología

Los resultados del experimento de Asch siguen siendo un pilar para entender la conducta humana:

  • El 37% de las veces, los sujetos reales prefirieron alinearse con la respuesta incorrecta de la mayoría antes que manifestar su desacuerdo.
  • El 75% de los participantes se conformó con el grupo al menos una vez durante el experimento.
  • Cuando se les preguntó después por qué lo habían hecho, muchos admitieron que sabían que el grupo estaba equivocado, pero cedieron por miedo al ridículo o a ser excluidos. Otros, de manera más alarmante, llegaron a dudar de su propia cordura y percepción.

De las líneas de Asch a nuestra vida cotidiana

Los descubrimientos de Asch no se quedaron atrapados en un laboratorio de los años 50; explican gran parte de nuestros patrones de conducta actuales. Hoy en día, el «tablero de líneas» ha cambiado de formato, pero la dinámica es idéntica:

  • El sesgo de confirmación en redes sociales: Validamos opiniones, compartimos noticias o nos sumamos a linchamientos digitales solo porque vemos que nuestra burbuja o comunidad lo está haciendo.
  • Cultura corporativa del «sí a todo»: En los entornos laborales, es común que se adopten estrategias mediocres o erróneas porque ningún empleado se atreve a ser el disidente que cuestione la opinión de los líderes o de la mayoría.
  • Dinámicas familiares y de pareja: Muchas veces perpetuamos dinámicas tóxicas o roles disfuncionales simplemente por «mantener la fiesta en paz» y no alterar el statu quo del sistema al que pertenecemos.

Vivimos en un constante esfuerzo inconsciente por pertenecer. Evolutivamente, el aislamiento equivalía a la muerte; por eso, nuestro cerebro procesa el rechazo social en las mismas áreas donde registra el dolor físico.

El camino hacia la autenticidad: El valor de la terapia

El verdadero peligro de la conformidad social no es que cedamos una o dos veces para evitar una discusión incómoda. El riesgo real es que, con el tiempo, el piloto automático de la aprobación diluye nuestra identidad. Empezamos a elegir carreras, a sostener relaciones y a adoptar valores que no nos pertenecen, solo porque son las respuestas «aprobadas» por el entorno.

«La función de la psicología no es adaptarnos a un mundo disfuncional, sino hacernos conscientes de nuestras propias elecciones.»

¿Cómo se rompe este patrón? El primer paso es la autoconciencia, y ahí es donde la terapia psicológica juega un rol fundamental.

El espacio terapéutico es, en esencia, lo opuesto al experimento de Asch. No hay un grupo evaluándote, no hay expectativas externas que cumplir y no hay respuestas correctas prefabricadas. Es un laboratorio seguro donde puedes:

  • Identificar tus propios sesgos: Reconocer en qué áreas de tu vida estás eligiendo la «línea incorrecta» solo por complacer a los demás.
  • Fortalecer tu autoconcepto: Desarrollar la seguridad necesaria para sostener tu mirada y tu verdad, incluso cuando el entorno opine lo contrario.
  • Desactivar mandatos inconscientes: Separar lo que realmente deseas y piensas de lo que te enseñaron que «debías» desear y pensar.

Ir a terapia es el acto de valentía de bajarse de la corriente de la conformidad para empezar a vivir bajo tus propios términos. Si sientes que has estado respondiendo en automático a las presiones de tu entorno, tal vez sea el momento de agendar un espacio para ti. Al final del día, tu propia perspectiva es la única sobre la que tienes el control real.

El difícil arte de enseñar a pensar

Columna de Héctor Abad Faciolince sobre Antonio Vélez, publicada el 4 de enero de 2026 en El Espectador

Es posible que a algunos de ustedes no les diga mucho este nombre: Antonio Vélez Montoya. Sin embargo, si algún día se escribiera un libro sobre las personas que han impulsado el estudio de las ciencias exactas en Colombia (matemáticas, física, química, biología, evolución), su nombre debería aparecer entre los primeros. El desdén por la ciencia, las matemáticas, la mecánica y la tecnología, unido al énfasis y a la veneración casi supersticiosa por la corrección gramatical, la religión, la retórica y la literatura, explican en parte el atraso de los países que nos hemos nutrido más de la tradición hispánica que de la anglosajona. Hemos tenido muchos gobernantes gramáticos, militares y juristas, pocos ingenieros y ningún físico, médico o matemático. “Que inventen ellos”, como llegó a decir Unamuno, parecería ser la consigna de nuestros humanistas especulativos y mutilados de la razón científica.

Antonio Vélez acaba de fallecer discretamente, como vivió, en Medellín, a la no desdeñable edad de 92 años. Consciente de su estatura intelectual, pero modesto, mucho más preocupado por la verdad que por la fama, Antonio escribió los mejores libros de divulgación científica que se hicieron en Colombia durante 25 años de intenso trabajo, estudio y dedicación. Pionero en nuestro medio de la sociobiología y la psicología evolutiva con El hombre, herencia y conducta (U. de Antioquia, 1990), se dedicó más tarde, en ensayos y libros luminosos, a explicarnos, con un estilo claro, ameno y didáctico, las maravillas de la astronomía y de la física, el misterio de los números, los fascinantes mecanismos de la evolución darwiniana, la utilidad del pensamiento abstracto o la importancia de nuestras más antiguas pulsiones animales para entender el comportamiento humano, los sesgos y troqueles generados por nuestra educación oscurantista, supersticiosa e irracional.

Por motivos familiares tuve la suerte de ser muy cercano a Antonio durante más de diez años, quizá los más lúcidos y creativos de su vida intelectual. Las conversaciones con él y con sus hijos (un matemático, una artista y una geóloga) eran siempre un desafío intelectual y un alimento constante de conocimientos exactos y profundos, especialmente para alguien como yo, de formación filológica y literaria. Representaban también, cosa que nunca dejaré de agradecer, un baldado de humildad. Si en la Academia de Platón no se permitía el ingreso de quienes ignoraban la geometría, en la casa de Antonio no se permitían las faltas de lógica ni los inútiles despliegues de emotividad. Con humor e ironía se desmontaban los prejuicios y carencias de una educación carente de rigor, datos confiables y claridad en la exposición.

Pero hay personas capaces de generar, con su ejemplo y su manera de ser, algo más importante. Si Antonio fue siempre un gran profesor en sus escritos y en su conversación, lo fue también en el ejemplo vital, en su impecable forma de ser (al jugar, al corregir, al contradecir, al aceptar un argumento mejor), en la elegancia constante de su manera de actuar y de pensar. Si hay profesores capaces de generar en nosotros el deseo de ser mejores personas, Antonio era ese tipo de profesor. Su constante busca de la verdad era una búsqueda ética. Como su tocayo Machado, Antonio era, en el buen sentido de la palabra, bueno. “Un santo ateo”, como lo definió una vez su hermana mayor.

Ojalá Antioquia, tierra de supuestos hombres recios, inflexibles y autoritarios, nos diera más personas como Antonio Vélez, ajeno a todo fanatismo, comprensivo y compasivo con las flaquezas y necesidades de los demás, siempre listo a ayudar a los otros y a guiarnos por el camino de la tolerancia, la libertad y la comprensión. Cuando recuerdo su manera de ser, siento siempre el deseo de parecerme en algo a él. Mientras mis neuronas no se desconfiguren totalmente lo llevaré siempre en mi memoria como una especie de padre putativo y de profesor ideal.

Antonio Vélez (1933-2025)


Texto escrito pro Carlos D. Londoño Sulkin, a propósito del fallecimiento de Antonio Vélez el pasado lunes 29 de diciembre de 2025

Antonio Vélez Montoya—Atocito, como le decíamos desde que su nieta Cristi lo bautizó así—murió el pasado 29 de diciembre, rodeado de personas a quienes quiso y que lo quisieron profundamente. A sabiendas de que él no me puede contradecir, perpetraré la pequeña injusticia de añadir un último argumento a un debate continuo que tuvimos él y yo sobre la importancia relativa de la razón. Resulta que Antonio valoraba muchísimo el ideal de la persona de gran juicio y razón disciplinada y consideraba que las ciencias exactas y naturales eran su máxima expresión. Su vida fue en gran parte un compromiso explícito con ese ideal. Yo le argüía que ese ideal era, primero que todo, un ideal moral, antes que producto mismo de la razón.

Antonio me dijo alguna vez que uno de sus logros más extraordinarios fue su emancipación de la religión. Su numerosa familia de proveniencia era profundamente católica y su padre, médico de El Poblado, un ‘cura sin sotana’. Antonio recordaba temer en su infancia la condena eterna del pecador, advertida por el reportado anuncio en la entrada del infierno que decía ‘Para Nunca Jamás’. Lo educaron los jesuitas del colegio San Ignacio y luego fue a la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), de donde se graduó como ingeniero eléctrico en 1955. Allí se enamoró de la confiabilidad de los métodos matemáticos y de las ciencias, y empezó a sentir que las creencias religiosas no resistían el análisis científico. Pero este proceso de apóstasis no fue rápido.

Su competencia extraordinaria en matemática llevó a que lo contrataran de profesor en la UPB incluso antes de graduarse; luego fue profesor de matemáticas en la Universidad del Valle entre 1957 y 1962. Allí, él y algunos colegas formaron un grupo de estudio y formación mutua maravilloso, asignándose temas científicos y filosóficos para preparar y enseñarse los unos a los otros, incluyendo el Big Bang y la mecánica cuántica. (Él luego intentaría reproducir esos grupos en cada universidad en la que trabajó—una idea hermosa que refleja bien la curiosidad y vigor intelectuales de Antonio.) Cada vez más, dudaba del dogma religioso, guardando sólo la sospecha de que se necesitaba el concepto de un dios para explicar los orígenes de la vida y el desarrollo de la complejidad. El golpe final a sus dudas religiosas ocurrió cuando una beca de la Fundación Ford le permitió hacer una maestría en matemáticas en la Universidad de Illinois en Urbana-Champagne, donde se compró una copia de segunda mano de La evolución en acción, de Julian Huxley (1953). Al leer esta obra, entendió que no necesitaba de un dios para explicar el desarrollo de la vida. Volvió a Colombia en 1965, enamorado de la teoría evolutiva e interesado en difundirla.

Como profesor de matemáticas fue de los primeros en importar el algebra avanzada a las universidades de Medellín. También fue un autor prolífico de obras de docencia y de divulgación científica—catorce libros e incontables ensayos—valiosísimas por traducir al español y explicar con claridad los avances en cálculo, biología evolutiva, astronomía, y psicología cognitiva. Su legado incluye también textos que develan cuidadosamente los trucos y errores metodológicos y conceptuales de ciertas medicinas alternativas y de creencias en fenómenos paranormales, que en su locuaz opinión no eran cuidadosamente razonadas y no tenían el poder de predicción o la eficacia tecnológica de la ciencia.

Siguiendo el ejemplo del mago James Randy, uno de sus héroes, Antonio incluso ofreció una recompensa monetaria sustancial a quien pudiera demostrarle bajo condiciones de investigación escrupulosa tener poderes paranormales. Yo lo vi consolando dulcemente a un joven que se candidató para recibir la recompensa con la convicción de tener el poder de controlar la lluvia, pero que fue incapaz de hacer llover en presencia de Antonio.

Antonio fue excelente en casi todo a lo que le dedicó tiempo. De adolescente y adulto joven sobresalió en fútbol y fue parte de la preselección de Antioquia, hasta que lo sedujeron las matemáticas en la UPB. Fue famoso entre las barras juveniles de su generación por tener el récord de velocidad en la vuelta al Parque del Poblado en reversa, en el carro de su padre—hazaña de precisión que incluía abrir la puerta del conductor y recoger una botella de Coca Cola al pasar a toda velocidad.

Nótese mi prudencia al decir que Antonio fue bueno para ‘casi todo’. No cantaba bien ni tuvo suerte con los negocios. Gozaba recontando la experiencia amarga de haberse comprado cuando joven un bus con su hermano. Lo que no perdió en pagar arreglos en talleres lo perdió con choferes que sacaban a sus novias a pasear en bus por las noches y que saboteaban las registradoras para lucrarse ellos a costa de los dueños. Juraba que el día más feliz de su vida fue cuando vendió el bus. Después, como jefe de operaciones investigativas en Coltejer, se salvó por poco de ser un hombre riquísimo. En ese entonces los computadores eran del tamaño de salones y los programas eran largas tiras perforadas. Antonio programó una de estas para que el computador analizara cualquier color de tela al que se expusiera y generaba una receta con la combinación precisa de pigmentos que reproduciría ese color. El negocio con la compañía gringa que se lo iba a comprar se dilató tanto que la tecnología se volvió obsoleta. Más lamentable aún: sus hijos y yo seríamos ahora gente del jet-set si Atocito no hubiera invertido todo su dinero disponible en un desventurado experimento con un almacén de Radio Shack, semanas antes de que sus amigos, los Toro, le ofrecieran la oportunidad de invertir tempranamente en el negocio incipiente y eventualmente muy lucrativo, de Almacenes Éxito. Al final, Ato sí se aseguró una vejez holgada, a punta de trabajo arduo e inversiones prudentes, no de grandes negocios.

Pero vuelvo a mi tema del principio: Atocito dejaba de subrayar aspectos de su carácter que daba por sentados sin ínfula alguna y que no valoraba de la misma manera explícita con la que valoraba su racionalidad. Quiero darles a estos aspectos virtuosos el crédito que se merecen. Me refiero a su combinación hermosa de generosidad, dignidad, humor, vigor, y responsabilidad. Fue un padre (y un suegro) incondicional, indulgente y entregado. Con hijos, sobrinos, y nietos fue un pedagogo consumado, que les enseñó matemáticas, ciencias, apreciación musical y hasta composición española. Con sus miles de estudiantes fue eficazmente didáctico e infinitamente paciente. Estos aspectos de su carácter, tanto como su rigor y racionalidad, lo dotaron de un poder de convocatoria tanto más poderoso por suave y dulce. Invitaba a la charla, a la discusión animada, a la curiosidad continua.

La vejez es cruel con algunos. A Atocito le robó su memoria prodigiosa, su curiosidad y su pasión por el conocimiento sopesado. Pero fue en esos años que sentí que mi argumento sobre la primacía del carácter moral sobre la razón abstracta se comprobaba. Hasta su última semana, cuando el Alzheimer llevaba media década de hacer estragos en él, Atocito seguía queriendo relacionarse con la gente de manera dulce y chistosa, expresando dignidad y reconociéndosela a otros. Ese deseo, esa aspiración para sus relaciones, fue lo último que le quedó, un compromiso moral que lo movía y determinaba.

La descendencia de Ato dice mucho sobre quien era. Además de Titi, su esposa de casi siete décadas, lo sobreviven su hijo Juan Diego y sus hijas Ana Cristina y Maritza. Juan es profesor de matemáticas en la Universidad Nacional de Colombia, investigador de vanguardia en álgebra conmutativa y un columnista y divulgador apasionado como su padre. Ana es artista plástica, historiadora del arte, y novelista, con varios libros deliciosos publicados y una columna activa en El Espectador. Y Marítza, mi esposa, es profesora titular de geología en la University of Regina, en Canadá, investigadora nodular en varias redes internacionales de investigadores en paleoambientes y paleoclimas, y muy amada por un séquito de estudiantes agradecidos. A Ato lo sobreviven también tres nietas y dos nietos. Las niñas—Moma, Cristi, y Juli—son médicas, respectivamente oncóloga, dermatóloga, y neuróloga. Joche es estudiante de medicina en Canadá, y Antonio, el menor, actor de teatro y cine.

El legado de Antonio incluye también a miles de estudiantes en la Universidad Pontificia Bolivariana, la Universidad del Valle, la Universidad de Antioquia, la Universidad de Medellín, y EAFIT, a quienes ayudó a educar.

(Hace algunos años publiqué un retrato moral de Antonio en una antología sobre el tema de Big History). Se puede ver aquí:

https://www.academia.edu/145697769/Antonio_V%C3%A9lez_A_Champion_of_Big_History