Ató

Escrito de Juan Diego Vélez sobre su padre y leído en evento de despedida el 29 de diciembre de 2025

Los abuelos se vuelven eternos en el nombre que les ponen sus nietos. Antonio, mi padre, recibió para la posteridad uno breve y hermoso: Ató. Y hoy, noventa y dos años después, estamos aquí para darle el adiós a nuestro Ató, quizá la persona que más quise y admiré.

Pero digo “despedir” por costumbre, porque la verdad es otra: pudimos decirle adiós con una calma extraña y misericordiosa. No fue un corte brusco, sino una despedida diluida en el tiempo, repartida en el transcurso de muchos años.

Su conciencia se fue desvaneciendo como una acuarela expuesta durante años a la luz del sol. Al principio, el verde de las hojas, a lo lejos, aún se distinguía, aunque por momentos se confundía con la hierba. Luego ese verde se volvió apenas una mancha, diluida en el paisaje. Con los años, su mundo fue perdiendo tonos y matices, como si un velo blanquecino lo cubriera de olvido. La enfermedad gastó su memoria con una constancia implacable, del mismo modo en que el agua pule una piedra: lentamente, sin pausa, hasta dejarla lisa…

Lo vimos alejarse de sí mismo. Vimos, con impotencia, cómo los recuerdos se fragmentaban en relatos inconexos: a veces apócrifos, a veces imperfectos, a veces soñados. Fuimos testigos de cómo su conciencia se apartaba de nuestra realidad para sumergirse en un mundo distante, extraño e incomprensible. Un universo donde los hechos ya no se suceden en la secuencia del tiempo; donde el tiempo deja de existir como reloj o calendario para convertirse en la eternidad de un instante.

Einstein llamó al tiempo “la más obstinada y persistente de nuestras ilusiones”. Y quizá sea solo eso: no una realidad exterior, sino un relato —una qualia— que la mente hilvana con memorias sucesivas hasta fabricar la apariencia de una continuidad, como en esos libritos que, al hojearlos soltando el pulgar con rapidez, nos provocan la ilusión de un caballo al galope. Pero, como en el cine, no hay movimiento: solo imágenes en secuencia, detenidas, estáticas.

Fue así como empezamos a despedirnos mientras él se alejaba: se alejaba, y se alejaba, y se alejaba… Y pasaron los años sin dolor, sin sufrimiento, con esa calma extraña que a veces trae la vida cuando decide ser piadosa. Es apenas hoy cuando entendemos de súbito que está ya tan lejos que no podemos alcanzarlo con la mirada. Por eso decir “adiós” es una metáfora. El adiós ocurrió con lentitud geológica: nos fuimos despidiendo durante años, paso a paso, hasta llegar a este día en que ya no podremos verlo nunca más.

Un día, cuando yo era niño, Ató me habló de un insecto diminuto, la efímera, cuya vida activa se reduce al espacio de unas pocas horas, a veces menos de un día. Yo  me

quedé pensando, con la lógica seria de los niños: si fuéramos efímeras, ¿para qué ir al colegio, para qué almorzar, para qué bañarse o ponerse los zapatos, si esa misma noche íbamos a estar todos muertos? Ató notó mi ansiedad y, con esa manera suya tan directa, me dijo: “La vida humana, medida a escala cósmica, es infinitamente corta”. Y en esa comparación estaba todo él: una lucidez que devolvía al mundo su proporción verdadera, y una serenidad rara que, al decir las cosas como son, les quitaba un poco de peso.

Mi papá tuvo el raro privilegio de nacer con una inteligencia excepcional, y dotado de una gran creatividad. Ya muy viejo, con Alzheimer avanzado, se quedó un momento frente a la placa de mi carro: BXQ221. Entonces, como un Ramanujan criollo, sonrió y me dijo: “Juan, el número de tu placa es fácil de memorizar: (10^2 + 11^2)”.

Y en cierta ocasión, después de estudiar la frecuencia de las letras en español, diseñó un teclado óptimo para el computador: en el centro puso las más utilizadas —E, A, O, S, N, R— y relegó a los extremos, en las otras filas, las más raras —K, W, X, Ñ, J, Z—. También inventó un mouse al que, con un humor muy propio, llamó el paus: se manejaba con el pie derecho, como el pedal de un órgano. Y no se detuvo ahí: ideó un espejo para verse por delante y por detrás, y hasta una parrilla de arepas “con tacones”, ocurrencias suyas que nos hacían reír sin parar.

Y también nos enseñó a perderle el miedo a zambullirnos en el agua con “flotadores inteligentes” de su propio diseño: un neumático delgado de bicicleta que iba desinflando a medida que ganábamos confianza en la piscina. Señalaba lo absurdo de los flotadores convencionales, enormes, que no permitían el más mínimo progreso y que, al final, ni siquiera dejaban mover los brazos con facilidad.

Y cuando yo era niño me enseñó un método para saber el día de la semana de cualquier fecha, en cualquier año. Ese “calendario universal” lo explica en uno de sus libros, y todavía hoy lo uso en mis clases de primer semestre para avivar la curiosidad de los estudiantes más interesados y atentos.

Y cuando esa inteligencia se encuentra con una personalidad implacablemente racional, el resultado es alguien capaz de liberarse del troquelado de la infancia —una de sus palabras favoritas—, de sacudirse el adoctrinamiento de las religiones y las ideologías, de mirar con sospecha las supersticiones, y de plantarse sin concesiones frente a esas fuerzas oscuras de la irracionalidad, que solo siembran sufrimiento y cosechan crueldad.

Diría que ese fue su mayor legado: una forma de pensar, una ética de la lucidez y de la razón. Eso es lo que dejó en quienes tuvieron la fortuna de conocerlo, y también en sus libros y ensayos. Y luchar por esa causa fue, sin duda, su batalla más constante.

Recuerdos de adolescencia

En mi casa se comía cheesecake y pie de manzana. También hacían una versión colombiana del pollo hindú, nasi goreng, del plato alemán con salchichas, chuletas de cerdo y repollo chucrut fermentado en sal, y del plato cubano con caraotas: rarezas culinarias que mi mamá preparaba y que dejaban a mis amigos entre asombrados y felices. Y también carne molida en sopa de arroz, un plato humilde al que llamaban “almuerzo de cura”. Y el famoso y vilipendiado “sudao de pollo”, la comida predilecta de Ató.

Pero el mayor orgullo culinario de la casa era el pollo mallorquín. No el original de Mallorca —el que un tío catalán nos enseñó a preparar—, sino el mestizo: con chicharrones y plátano maduro, cocinado a fuego lento en una olla de cerámica roja, esmaltada, hermosa, a la que llamaban la “grachonera”. Esa palabra la oí desde niño y todavía hoy no sé qué significa; ni siquiera sé si existe en algún diccionario. Pero en mi memoria quedó labrada con firmeza pétrea, como quedan las palabras que se aprenden en la infancia.

Para mi papá, la riqueza nunca tuvo un brillo especial. El dinero se trataba en casa con respeto práctico: útil para lo necesario y, a veces, capaz de comprar un pedazo de felicidad. Pero el poder que suele venir con él no despertaba reverencia; al contrario, parecía vulgar, casi indecente. El valor de la vida se medía en otra escala. Se respiraba una atmósfera intelectual única, libertaria y científica, donde se pensaba sin miedo y se desconfiaba de toda autoridad. Y esa manera de mirar el mundo —austera, libre— incomodaba a los conservadores y fascinaba a los jóvenes que empezaban a pensar por cuenta propia.

Había una biblioteca enorme, un altar laico custodiado por pequeños retratos que no eran del Sagrado Corazón ni de parientes, ni siquiera de sus hijos, sino de Darwin, Einstein, Newton, Dirac, von Neumann… y de otros nombres menos célebres, pero no menos venerados por él: Konrad Lorenz, Popper, Gödel, Ramanujan, y tantos más que, a su juicio, merecían un lugar en el panteón de los gigantes. En cambio, por los héroes de la historia oficial —Napoleón, Julio César, Alejandro Magno— sentía un desprecio sin límites, apenas superado por el que le inspiraban curas, obispos y papas, o cualquier otro líder religioso o político.

Y había un lugar que para mí era mágico, casi sagrado: el taller. Era un cuartito detrás de una puerta de bisagras, con un mesón de lámina de acero donde estaba empotrada una prensa pesada e imponente. De las paredes colgaban herramientas sujetas con tornillos, y sus siluetas estaban dibujadas sobre un tablón de madera pintado de blanco, como si cada una tuviera un sitio asignado desde siempre. Había cajones repletos de tuercas, tornillos, clavos, arandelas; estantes donde descansaban el soldador, el taladro, el amperímetro…; y cajitas con componentes electrónicos — pequeños capacitores, resistencias, dos o tres pares de transistores—, objetos de un valor inconmensurable en aquella época.

Los sábados por la mañana, como un ritual, hacíamos el mantenimiento de los carros. Yo lo imitaba con devoción: me enseñó a desmontar el distribuidor, a sacar los platinos, a limarlos y a calibrarlos con esas hojas finas de acero que miden en absurdas fracciones de pulgada. Luego venía, para mí, lo mejor: afinar la máquina con una lámpara estroboscópica que en Colombia no se conseguía, comprada en Sears en los años de mi primera infancia en Champaign, Illinois.

Para mí no había felicidad más grande que aprender esos secretos de la mecánica. Al terminar, nos lavábamos las manos con estopa y gasolina, y en la piel quedaba un olor indeleble, áspero y familiar. Luego él me enseñaba a sacar el combustible del tanque con un sifón, como quien comparte, sin alarde, uno de sus tantos trucos.

Pero la mañana del sábado —en el tiempo infinito de la infancia— todavía no se terminaba. Después nos íbamos a visitar a los abuelos, que vivían en una casa enorme: cuatro patios y un solar al fondo; pisos de baldosas con arabescos —como era costumbre en las viejas casas españolas—; y esa frescura de techos altos y puertas con arcos que aún perdura en mi memoria.

Y ese ser —que parecía hecho de razón pura— se convertía en humano cuando se trataba de su familia. La lógica, que en él era una armadura, se le ablandaba de golpe; bastaba con que algo rozara a sus hijos o a su esposa para que apareciera en él otra cara: la del miedo, la de la ternura, la de la urgencia, la de los celos…

Una vez, en nuestras vacaciones de fin de año en la costa Caribe —esas en que estábamos todos, como una familia ampliada: mi mamá, los tres hijos, los mejores amigos de mi papá y los hijos de ellos—, el descanso se quebró de pronto. En algún lugar de la casa estallaron sollozos y gritos; una frase repetida con angustia: —¡La niña se perdió… la niña se perdió! Mi papá y yo corrimos hacia el patio trasero. Sentí en el pecho ese vacío seco que no deja pensar.

—¿Quién se perdió? —preguntamos mi papá y yo casi al mismo tiempo.
—Se perdió Cristina —gritaban—, la amiga de infancia de Maritza, mi hermana menor.

Entonces vi a mi papá detenerse un instante, como si algo lo sujetara por dentro. Se llevó la mano a la frente, bajó la mirada y, en una voz apenas —tan baja que parecía una confesión—, murmuró:

—Uf… pensé que era Maritza.

También había en casa una colección de más de cien casetes: un pequeño archivo doméstico que, sin que yo lo supiera entonces, revelaba uno de sus mayores gustos. Estaban las obras de Bach, Beethoven, Mozart y todos los grandes; y, al lado, grabaciones que hoy todavía me pregunto cómo habrá conseguido: Xenakis, Schönberg y otros contemporáneos que no sonaban en ninguna parte. Había, además,

un casete de Manitas de Plata y de su primo José, esa música —desconocida entonces— que se llamaba flamenco, y una grabación completa del Martín Fierro: rarezas que ni siquiera se encontraban en la discoteca infinita del maestro De Greiff.

Cada casete venía numerado y rotulado con una pulcritud casi militar: título, compositor y, a veces, algún dato adicional. No era miedo al olvido; era su manera de poner orden en el mundo, de dejarlo todo en su sitio. Había, además, un catálogo, dispuesto alfabéticamente por títulos y composiciones, impreso en hojas anchas con perforaciones a un costado, salido del IBM de Coltejer —el único computador que existía entonces en Colombia, junto con el del Banco de la República—. Era el tipo de exceso organizado que lo retrataba: una mezcla de método, disciplina y cariño por lo que amaba.

Y recuerdo, sobre todo, su sentido del humor: se reía cada vez que contaba una anécdota mínima, pero perfecta. Una de sus secretarias, al rotular un casete, escribió “ayudante con moto” en lugar de “andante con moto”. Esa confusión lo divertía de una manera inagotable; la repetía una y otra vez, como quien vuelve a un chiste que nunca pierde gracia.

Y hablando de su sentido de justicia, nunca olvidaré aquella vez en que dos amigas muy cercanas de mis padres, Liliam y María Helena —rivales que no se soportaban—, ya con varios tragos encima, se desafiaron en un hotel de San Jerónimo. Liliam, en tono desafiante, retó a María Helena: si se tiraba a la piscina “en pelota”, le hacía allí mismo un cheque por un millón de pesos. María Helena, sin dudarlo un segundo —y a riesgo de que nos sacaran a patadas—, se quitó el traje de baño y se lanzó al agua. Lo difícil vino después: ¿debería cobrarse esa apuesta, producto del acaloramiento y el alcohol? Mi papá, con una sentencia tan salomónica como suya, dictaminó: “Yo creo que Liliam debe entregarle el cheque… y María Helena no debe cobrarlo”.

Coda

El viento de la tarde de este verano decembrino barre las hojas del parque, y en mi mente ese viento se vuelve una metáfora de la vida que se va: ligera, inevitable, sin preguntar. Ayer fui solo a visitar lo que queda del taller, el mismo de mi infancia, como quien regresa a un santuario, a ver si todavía estaba su navaja favorita. La encontré: intacta, silenciosa, como esperándolo.

Y por un momento me pareció sentirlo otra vez: el olor a herramientas, a madera, a hierro helado… y a él. Vi —o quise ver— el brazo fuerte que la movía; la mano masculina sosteniéndola con esa precisión tranquila que lo definía, y el reloj de pulsera metálica plateada temblando con el gesto, devolviendo un destello breve. Fue un segundo apenas, un relámpago: corrí el velo del pasado y alcancé a rescatar, por una fracción infinitesimal del tiempo, esas presencias ya ausentes. Y luego el velo cayó de nuevo, como cae siempre, y entendí con una claridad dolorosa que hay cosas que se pierden irremediablemente… y, sin embargo, a veces vuelven a rozarnos, antes de irse, como el viento.

Al amigo y maestro Antonio Vélez en su evolución a polvo de estrellas

William Álvarez, médico y coautor de Imperfecciones Corporales, escribe estas palabras ante la muerte de Antonio Vélez

Antonio Vélez es de los pocos profesores y escritores que ha enseñado el escepticismo como una postura de cuestionar afirmaciones hasta que haya pruebas empíricas suficientes, usando el método científico para investigar y verificar, no de negar por dudar ni de huida o parálisis, sino de buscar la verdad basándose en la duda metódica, el pensamiento crítico, la razón y la carga de la prueba. Enseñó, y sigue enseñando a través de sus escritos, que el escepticismo es una curiosidad que investiga y un motor para el avance, que requiere humildad y apertura para aceptar errores y la capacidad de reevaluar teorías ante nuevas evidencias, lo que es clave no solo para distinguir la ciencia genuina de la falsa, sino para refinar teorías existentes, sin dejar de reconocer que la certeza absoluta es imposible. 

Así, pues, Antonio con su frase de “escepticismo debe ser asignatura escolar” y sus libros Del big bang al Homo sapiens, Ensayos a contracorriente, Medicinas alternativas, Parapsicología ¿realidad, ficción o fraude? y Manual de ateología, entre otros libros y artículos, nos ha dejado a discreción que consideremos la misma curiosidad del niño que tanto a él lo caracterizó, y que muchos de los aquí presentes de pronto llevemos dentro, para que continuemos lo que antaño en Europa Bertrand Russel con su libro de Ensayos escépticos presentó como una reivindicación del escepticismo ante las tiranías y los fanatismos, máxime que hoy es lo que urgentemente requerimos, ya que no solo muy pocos como Antonio lo entendieron, practicaron e impulsaron, sino que estamos confrontando nuevas y peores opresiones, como son las redes sociales, el mercado libertino y mayores polarizaciones incluida la referente al Norte que ha dominado históricamente hasta el conocimiento, muchas veces invalidado saberes locales y estableciendo paradigmas estrechos y formas más sofisticadas de dominación.

Cómo conocí a Antonio Vélez

Texto de Carlos Naranjo, psicólogo y amigo de Antonio Vélez, antes de la partida del profesor, matemático y divulgador científico

Corría el año 2006, después de buscar entre la escasa bibliografía al respecto, le pedí al profesor de psicología experimental que asesorara el trabajo de grado sobre psicología evolucionista que yo pretendía realizar para graduarme de psicólogo. Me recomendó mejor buscar a un señor llamado Antonio Vélez, escritor de un libro titulado del Big Bang al Homo Sapiens, “es tal vez una de las personas que más sabe de evolución en Latinoamérica”, me dijo. Ese mismo día fui a la biblioteca de la Universidad de Antioquia y descubrí que el tal Antonio Vélez era egresado de Ingeniería Eléctrica de la UPB, de la cual yo también era egresado como publicista.

En los días siguientes me comuniqué con la oficina de egresados de la UPB donde curiosamente tenían actualizado el teléfono de Antonio. Marqué al número que me dieron y la voz de una mujer al otro lado de la línea me pidió esperar un momento mientras decía: “Don Antonio, lo necesitan al teléfono”. Antonio pasó a los pocos segundos, me presenté y le expliqué que era un estudiante de psicología que estaba planteando el trabajo de grado desde la perspectiva de la teoría de la evolución y necesitaba un asesor. Quedamos en vernos en la Universidad EAFIT, donde él trabajaba como profesor del Departamento de Desarrollo Estudiantil, para hablar personalmente.

Aún recuerdo esa mañana, yo sentado en una de las bancas de la cafetería de EAFIT, esperando a que apareciera Antonio. Llegó con varios papeles en la mano y me saludó muy amablemente. Comencé pidiéndole indulgencia con mi poco conocimiento sobre Darwin y la Teoría de la Evolución. Le conté que estaba investigando sobre un fenómeno natural llamado Efecto Westermarck que desestimula las relaciones incestuosas entre parientes, de todas las especies, y sus implicaciones psicológicas para la teoría psicoanalítica del Complejo de Edipo. Me sorprendió su conocimiento del tema. De hecho él ya lo había tratado tangencialmente en otro de sus libros llamado Homo Sapiens.

Me dijo que le interesaba el tema y que no tenía problema en asesorar mi trabajo de grado pues él también quería investigar y aprender más sobre este fenómeno. Su humildad y generosidad con el conocimiento, también me sorprendieron, nunca mostró esas ínfulas de superioridad, tan comunes en nuestro medio, cuando se conoce bien un tema. Quedamos en comenzar reunirnos los viernes en la mañana en su apartamento de la Loma de los Balsos en Medellín y así lo hicimos durante más de medio año, dando como resultado mi trabajo de grado titulado El Efecto Westermarck y el Complejo de Edipo: una perspectiva evolucionista, el cual sirvió además para un artículo de revista y una presentación en las Jornadas de Psicología de la Universidad, no sin controversia, por supuesto.

Pero el principal resultado de estos encuentros no fue mi trabajo de grado sino la amistad que me unió con Antonio. Las reuniones no terminaron con mi grado, al que Antonio me acompañó. Seguimos reuniéndonos con frecuencia, ya no solo Antonio y yo, sino también un pequeño grupo de amigos psicólogos que encontramos en él a un hombre amable, cordial y sobre todo con una curiosidad intelectual estimulante. El “Carl Sagan” colombiano he dicho muchas veces, cuando me preguntan quién es. Sus conocimientos abrieron un nuevo horizonte para el pensamiento de muchos en nuestro medio y seguro o seguirán haciendo a través de sus obras. La academia en Colombia e Iberoamérica tiene una deuda con la difusión de la producción intelectual de mi amigo Antonio Vélez. Gracias querido Antonio, muchas gracias, siempre.

Carlos Naranjo: Psicólogo y candidato al Senado, comprometido con la Salud Mental en Colombia

En un momento crucial para la política y la salud pública de Colombia, el psicólogo y fundador de PSICOSAPIENS, Carlos Naranjo se presenta como una voz comprometida con los cambios que tanto necesita la profesión y los derechos laborales de quienes se dedican al bienestar mental de la sociedad. Naranjo es candidato con el número 92 al Senado por la Coalición Ahora Colombia, conformada por los partidos Nuevo Liberalismo, MIRA y Dignidad & Compromiso, y su propuesta para el período 2026-2030 se centra en la defensa de los derechos laborales y la mejora del ejercicio profesional en el ámbito de la psicología y la salud mental.

1. Lucha contra la precarización laboral de psicólogos y profesionales de la salud

Uno de los pilares de la candidatura de Carlos Naranjo es la defensa de los derechos laborales de los psicólogos y demás profesionales de la salud en Colombia. La precarización laboral, que ha afectado a muchos trabajadores del área de la salud, se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo profesional y la estabilidad económica de quienes se dedican a mejorar la vida de los colombianos. El acceso limitado a oportunidades laborales, la falta de contratos justos y la inestabilidad en los espacios de trabajo, especialmente a través de Contratos de Prestación de Servicios con el sector público, son problemas que Naranjo busca resolver desde el Senado.

Su propuesta incluye el fortalecimiento de políticas públicas que promuevan la salud mental y la cultura ciudadana desde el Estado, y en consecuencia sea el mismo estado el que de ejemplo con contrataciones estables de psicólogos y otros profesionales del sector, asegurando que reciban condiciones de trabajo dignas. Además, Carlos Naranjo propone la implementación de programas que fomenten la creación de empleos de calidad dentro del sector de la salud mental, en coordinación con universidades y sector privado.

2. Regulación clara y efectiva para el ejercicio de la psicología

La profesión de psicología en Colombia ha sido históricamente sometida a un exceso de burocratización y procedimientos administrativos que dificultan el ejercicio adecuado de los profesionales. Muchos psicólogos se han visto obligados a enfrentar procesos largos, costosos y a veces innecesarios para poder certificar sus consultorios o cumplir con los requisitos legales, lo que genera una carga adicional que no se traduce en una mejora en la calidad del servicio.

Carlos Naranjo propone una reforma en la regulación del ejercicio profesional, buscando establecer una normativa que sea clara, efectiva y acorde con las realidades actuales de la psicología en Colombia, donde el trabajo remoto es cada vez más frecuente. Esto incluye la creación de protocolos menos burocráticos, más ágiles y accesibles, para que los psicólogos puedan abrir y gestionar sus consultorios sin trabas innecesarias, permitiendo una mayor flexibilidad y eficiencia en el servicio que ofrecen a la población.

3. Revisión de la Ley 1090 de 2006: Equidad y Justicia para los Profesionales de la Psicología

La Ley 1090 de 2006, que regula el ejercicio de la psicología en Colombia, ha sido un tema controversial. Si bien su objetivo es garantizar que solo los profesionales capacitados ejerzan la psicología, en la práctica ha creado una serie de barreras burocráticas que dificultan el cumplimiento de la ley por parte de quienes realmente están formados y preparados. Esta ley ha favorecido a aquellos que operan al margen de las regulaciones y ha puesto trabas innecesarias a quienes cumplen con los requisitos establecidos.

Carlos Naranjo se compromete a revisar esta ley, asegurando que los verdaderos profesionales de la psicología no se vean perjudicados por la burocracia. Su objetivo es crear una ley más justa que facilite el ejercicio de la profesión, sin permitir que aquellos que no cumplen con los estándares de formación y ética profesional sigan operando con facilidad. Para Naranjo, es fundamental que la psicología se ejerza con estándares claros y rigurosos, pero sin poner obstáculos innecesarios a los profesionales comprometidos con su vocación.

El compromiso de Naranjo con el futuro de la psicología

Carlos Naranjo no solo es un psicólogo con una sólida formación académica y experiencia profesional, sino también un líder comprometido con el bienestar de los colombianos. Su candidatura al Senado representa una oportunidad para mejorar la calidad de los servicios de salud mental en el país, fortalecer el reconocimiento de la psicología como una disciplina esencial para el desarrollo humano y proteger los derechos laborales de los profesionales que hacen posible este trabajo tan fundamental.

Si crees que es el momento de cambiar las condiciones laborales de los psicólogos y mejorar la regulación del ejercicio profesional en Colombia, tu apoyo a Carlos Naranjo es la clave para que esos cambios se hagan realidad. Con su experiencia y compromiso, Naranjo está listo para transformar la psicología en Colombia y asegurarse de que los profesionales de la salud mental puedan trabajar en un entorno digno y justo para todos.

Más información sobre sus propuestas en su sitio web oficial: www.carlosnaranjo.co