El difícil arte de enseñar a pensar

Columna de Héctor Abad Faciolince sobre Antonio Vélez, publicada el 4 de enero de 2026 en El Espectador

Es posible que a algunos de ustedes no les diga mucho este nombre: Antonio Vélez Montoya. Sin embargo, si algún día se escribiera un libro sobre las personas que han impulsado el estudio de las ciencias exactas en Colombia (matemáticas, física, química, biología, evolución), su nombre debería aparecer entre los primeros. El desdén por la ciencia, las matemáticas, la mecánica y la tecnología, unido al énfasis y a la veneración casi supersticiosa por la corrección gramatical, la religión, la retórica y la literatura, explican en parte el atraso de los países que nos hemos nutrido más de la tradición hispánica que de la anglosajona. Hemos tenido muchos gobernantes gramáticos, militares y juristas, pocos ingenieros y ningún físico, médico o matemático. “Que inventen ellos”, como llegó a decir Unamuno, parecería ser la consigna de nuestros humanistas especulativos y mutilados de la razón científica.

Antonio Vélez acaba de fallecer discretamente, como vivió, en Medellín, a la no desdeñable edad de 92 años. Consciente de su estatura intelectual, pero modesto, mucho más preocupado por la verdad que por la fama, Antonio escribió los mejores libros de divulgación científica que se hicieron en Colombia durante 25 años de intenso trabajo, estudio y dedicación. Pionero en nuestro medio de la sociobiología y la psicología evolutiva con El hombre, herencia y conducta (U. de Antioquia, 1990), se dedicó más tarde, en ensayos y libros luminosos, a explicarnos, con un estilo claro, ameno y didáctico, las maravillas de la astronomía y de la física, el misterio de los números, los fascinantes mecanismos de la evolución darwiniana, la utilidad del pensamiento abstracto o la importancia de nuestras más antiguas pulsiones animales para entender el comportamiento humano, los sesgos y troqueles generados por nuestra educación oscurantista, supersticiosa e irracional.

Por motivos familiares tuve la suerte de ser muy cercano a Antonio durante más de diez años, quizá los más lúcidos y creativos de su vida intelectual. Las conversaciones con él y con sus hijos (un matemático, una artista y una geóloga) eran siempre un desafío intelectual y un alimento constante de conocimientos exactos y profundos, especialmente para alguien como yo, de formación filológica y literaria. Representaban también, cosa que nunca dejaré de agradecer, un baldado de humildad. Si en la Academia de Platón no se permitía el ingreso de quienes ignoraban la geometría, en la casa de Antonio no se permitían las faltas de lógica ni los inútiles despliegues de emotividad. Con humor e ironía se desmontaban los prejuicios y carencias de una educación carente de rigor, datos confiables y claridad en la exposición.

Pero hay personas capaces de generar, con su ejemplo y su manera de ser, algo más importante. Si Antonio fue siempre un gran profesor en sus escritos y en su conversación, lo fue también en el ejemplo vital, en su impecable forma de ser (al jugar, al corregir, al contradecir, al aceptar un argumento mejor), en la elegancia constante de su manera de actuar y de pensar. Si hay profesores capaces de generar en nosotros el deseo de ser mejores personas, Antonio era ese tipo de profesor. Su constante busca de la verdad era una búsqueda ética. Como su tocayo Machado, Antonio era, en el buen sentido de la palabra, bueno. “Un santo ateo”, como lo definió una vez su hermana mayor.

Ojalá Antioquia, tierra de supuestos hombres recios, inflexibles y autoritarios, nos diera más personas como Antonio Vélez, ajeno a todo fanatismo, comprensivo y compasivo con las flaquezas y necesidades de los demás, siempre listo a ayudar a los otros y a guiarnos por el camino de la tolerancia, la libertad y la comprensión. Cuando recuerdo su manera de ser, siento siempre el deseo de parecerme en algo a él. Mientras mis neuronas no se desconfiguren totalmente lo llevaré siempre en mi memoria como una especie de padre putativo y de profesor ideal.

Antonio Vélez (1933-2025)


Texto escrito pro Carlos D. Londoño Sulkin, a propósito del fallecimiento de Antonio Vélez el pasado lunes 29 de diciembre de 2025

Antonio Vélez Montoya—Atocito, como le decíamos desde que su nieta Cristi lo bautizó así—murió el pasado 29 de diciembre, rodeado de personas a quienes quiso y que lo quisieron profundamente. A sabiendas de que él no me puede contradecir, perpetraré la pequeña injusticia de añadir un último argumento a un debate continuo que tuvimos él y yo sobre la importancia relativa de la razón. Resulta que Antonio valoraba muchísimo el ideal de la persona de gran juicio y razón disciplinada y consideraba que las ciencias exactas y naturales eran su máxima expresión. Su vida fue en gran parte un compromiso explícito con ese ideal. Yo le argüía que ese ideal era, primero que todo, un ideal moral, antes que producto mismo de la razón.

Antonio me dijo alguna vez que uno de sus logros más extraordinarios fue su emancipación de la religión. Su numerosa familia de proveniencia era profundamente católica y su padre, médico de El Poblado, un ‘cura sin sotana’. Antonio recordaba temer en su infancia la condena eterna del pecador, advertida por el reportado anuncio en la entrada del infierno que decía ‘Para Nunca Jamás’. Lo educaron los jesuitas del colegio San Ignacio y luego fue a la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), de donde se graduó como ingeniero eléctrico en 1955. Allí se enamoró de la confiabilidad de los métodos matemáticos y de las ciencias, y empezó a sentir que las creencias religiosas no resistían el análisis científico. Pero este proceso de apóstasis no fue rápido.

Su competencia extraordinaria en matemática llevó a que lo contrataran de profesor en la UPB incluso antes de graduarse; luego fue profesor de matemáticas en la Universidad del Valle entre 1957 y 1962. Allí, él y algunos colegas formaron un grupo de estudio y formación mutua maravilloso, asignándose temas científicos y filosóficos para preparar y enseñarse los unos a los otros, incluyendo el Big Bang y la mecánica cuántica. (Él luego intentaría reproducir esos grupos en cada universidad en la que trabajó—una idea hermosa que refleja bien la curiosidad y vigor intelectuales de Antonio.) Cada vez más, dudaba del dogma religioso, guardando sólo la sospecha de que se necesitaba el concepto de un dios para explicar los orígenes de la vida y el desarrollo de la complejidad. El golpe final a sus dudas religiosas ocurrió cuando una beca de la Fundación Ford le permitió hacer una maestría en matemáticas en la Universidad de Illinois en Urbana-Champagne, donde se compró una copia de segunda mano de La evolución en acción, de Julian Huxley (1953). Al leer esta obra, entendió que no necesitaba de un dios para explicar el desarrollo de la vida. Volvió a Colombia en 1965, enamorado de la teoría evolutiva e interesado en difundirla.

Como profesor de matemáticas fue de los primeros en importar el algebra avanzada a las universidades de Medellín. También fue un autor prolífico de obras de docencia y de divulgación científica—catorce libros e incontables ensayos—valiosísimas por traducir al español y explicar con claridad los avances en cálculo, biología evolutiva, astronomía, y psicología cognitiva. Su legado incluye también textos que develan cuidadosamente los trucos y errores metodológicos y conceptuales de ciertas medicinas alternativas y de creencias en fenómenos paranormales, que en su locuaz opinión no eran cuidadosamente razonadas y no tenían el poder de predicción o la eficacia tecnológica de la ciencia.

Siguiendo el ejemplo del mago James Randy, uno de sus héroes, Antonio incluso ofreció una recompensa monetaria sustancial a quien pudiera demostrarle bajo condiciones de investigación escrupulosa tener poderes paranormales. Yo lo vi consolando dulcemente a un joven que se candidató para recibir la recompensa con la convicción de tener el poder de controlar la lluvia, pero que fue incapaz de hacer llover en presencia de Antonio.

Antonio fue excelente en casi todo a lo que le dedicó tiempo. De adolescente y adulto joven sobresalió en fútbol y fue parte de la preselección de Antioquia, hasta que lo sedujeron las matemáticas en la UPB. Fue famoso entre las barras juveniles de su generación por tener el récord de velocidad en la vuelta al Parque del Poblado en reversa, en el carro de su padre—hazaña de precisión que incluía abrir la puerta del conductor y recoger una botella de Coca Cola al pasar a toda velocidad.

Nótese mi prudencia al decir que Antonio fue bueno para ‘casi todo’. No cantaba bien ni tuvo suerte con los negocios. Gozaba recontando la experiencia amarga de haberse comprado cuando joven un bus con su hermano. Lo que no perdió en pagar arreglos en talleres lo perdió con choferes que sacaban a sus novias a pasear en bus por las noches y que saboteaban las registradoras para lucrarse ellos a costa de los dueños. Juraba que el día más feliz de su vida fue cuando vendió el bus. Después, como jefe de operaciones investigativas en Coltejer, se salvó por poco de ser un hombre riquísimo. En ese entonces los computadores eran del tamaño de salones y los programas eran largas tiras perforadas. Antonio programó una de estas para que el computador analizara cualquier color de tela al que se expusiera y generaba una receta con la combinación precisa de pigmentos que reproduciría ese color. El negocio con la compañía gringa que se lo iba a comprar se dilató tanto que la tecnología se volvió obsoleta. Más lamentable aún: sus hijos y yo seríamos ahora gente del jet-set si Atocito no hubiera invertido todo su dinero disponible en un desventurado experimento con un almacén de Radio Shack, semanas antes de que sus amigos, los Toro, le ofrecieran la oportunidad de invertir tempranamente en el negocio incipiente y eventualmente muy lucrativo, de Almacenes Éxito. Al final, Ato sí se aseguró una vejez holgada, a punta de trabajo arduo e inversiones prudentes, no de grandes negocios.

Pero vuelvo a mi tema del principio: Atocito dejaba de subrayar aspectos de su carácter que daba por sentados sin ínfula alguna y que no valoraba de la misma manera explícita con la que valoraba su racionalidad. Quiero darles a estos aspectos virtuosos el crédito que se merecen. Me refiero a su combinación hermosa de generosidad, dignidad, humor, vigor, y responsabilidad. Fue un padre (y un suegro) incondicional, indulgente y entregado. Con hijos, sobrinos, y nietos fue un pedagogo consumado, que les enseñó matemáticas, ciencias, apreciación musical y hasta composición española. Con sus miles de estudiantes fue eficazmente didáctico e infinitamente paciente. Estos aspectos de su carácter, tanto como su rigor y racionalidad, lo dotaron de un poder de convocatoria tanto más poderoso por suave y dulce. Invitaba a la charla, a la discusión animada, a la curiosidad continua.

La vejez es cruel con algunos. A Atocito le robó su memoria prodigiosa, su curiosidad y su pasión por el conocimiento sopesado. Pero fue en esos años que sentí que mi argumento sobre la primacía del carácter moral sobre la razón abstracta se comprobaba. Hasta su última semana, cuando el Alzheimer llevaba media década de hacer estragos en él, Atocito seguía queriendo relacionarse con la gente de manera dulce y chistosa, expresando dignidad y reconociéndosela a otros. Ese deseo, esa aspiración para sus relaciones, fue lo último que le quedó, un compromiso moral que lo movía y determinaba.

La descendencia de Ato dice mucho sobre quien era. Además de Titi, su esposa de casi siete décadas, lo sobreviven su hijo Juan Diego y sus hijas Ana Cristina y Maritza. Juan es profesor de matemáticas en la Universidad Nacional de Colombia, investigador de vanguardia en álgebra conmutativa y un columnista y divulgador apasionado como su padre. Ana es artista plástica, historiadora del arte, y novelista, con varios libros deliciosos publicados y una columna activa en El Espectador. Y Marítza, mi esposa, es profesora titular de geología en la University of Regina, en Canadá, investigadora nodular en varias redes internacionales de investigadores en paleoambientes y paleoclimas, y muy amada por un séquito de estudiantes agradecidos. A Ato lo sobreviven también tres nietas y dos nietos. Las niñas—Moma, Cristi, y Juli—son médicas, respectivamente oncóloga, dermatóloga, y neuróloga. Joche es estudiante de medicina en Canadá, y Antonio, el menor, actor de teatro y cine.

El legado de Antonio incluye también a miles de estudiantes en la Universidad Pontificia Bolivariana, la Universidad del Valle, la Universidad de Antioquia, la Universidad de Medellín, y EAFIT, a quienes ayudó a educar.

(Hace algunos años publiqué un retrato moral de Antonio en una antología sobre el tema de Big History). Se puede ver aquí:

https://www.academia.edu/145697769/Antonio_V%C3%A9lez_A_Champion_of_Big_History

Ató

Escrito de Juan Diego Vélez sobre su padre y leído en evento de despedida el 29 de diciembre de 2025

Los abuelos se vuelven eternos en el nombre que les ponen sus nietos. Antonio, mi padre, recibió para la posteridad uno breve y hermoso: Ató. Y hoy, noventa y dos años después, estamos aquí para darle el adiós a nuestro Ató, quizá la persona que más quise y admiré.

Pero digo “despedir” por costumbre, porque la verdad es otra: pudimos decirle adiós con una calma extraña y misericordiosa. No fue un corte brusco, sino una despedida diluida en el tiempo, repartida en el transcurso de muchos años.

Su conciencia se fue desvaneciendo como una acuarela expuesta durante años a la luz del sol. Al principio, el verde de las hojas, a lo lejos, aún se distinguía, aunque por momentos se confundía con la hierba. Luego ese verde se volvió apenas una mancha, diluida en el paisaje. Con los años, su mundo fue perdiendo tonos y matices, como si un velo blanquecino lo cubriera de olvido. La enfermedad gastó su memoria con una constancia implacable, del mismo modo en que el agua pule una piedra: lentamente, sin pausa, hasta dejarla lisa…

Lo vimos alejarse de sí mismo. Vimos, con impotencia, cómo los recuerdos se fragmentaban en relatos inconexos: a veces apócrifos, a veces imperfectos, a veces soñados. Fuimos testigos de cómo su conciencia se apartaba de nuestra realidad para sumergirse en un mundo distante, extraño e incomprensible. Un universo donde los hechos ya no se suceden en la secuencia del tiempo; donde el tiempo deja de existir como reloj o calendario para convertirse en la eternidad de un instante.

Einstein llamó al tiempo “la más obstinada y persistente de nuestras ilusiones”. Y quizá sea solo eso: no una realidad exterior, sino un relato —una qualia— que la mente hilvana con memorias sucesivas hasta fabricar la apariencia de una continuidad, como en esos libritos que, al hojearlos soltando el pulgar con rapidez, nos provocan la ilusión de un caballo al galope. Pero, como en el cine, no hay movimiento: solo imágenes en secuencia, detenidas, estáticas.

Fue así como empezamos a despedirnos mientras él se alejaba: se alejaba, y se alejaba, y se alejaba… Y pasaron los años sin dolor, sin sufrimiento, con esa calma extraña que a veces trae la vida cuando decide ser piadosa. Es apenas hoy cuando entendemos de súbito que está ya tan lejos que no podemos alcanzarlo con la mirada. Por eso decir “adiós” es una metáfora. El adiós ocurrió con lentitud geológica: nos fuimos despidiendo durante años, paso a paso, hasta llegar a este día en que ya no podremos verlo nunca más.

Un día, cuando yo era niño, Ató me habló de un insecto diminuto, la efímera, cuya vida activa se reduce al espacio de unas pocas horas, a veces menos de un día. Yo  me

quedé pensando, con la lógica seria de los niños: si fuéramos efímeras, ¿para qué ir al colegio, para qué almorzar, para qué bañarse o ponerse los zapatos, si esa misma noche íbamos a estar todos muertos? Ató notó mi ansiedad y, con esa manera suya tan directa, me dijo: “La vida humana, medida a escala cósmica, es infinitamente corta”. Y en esa comparación estaba todo él: una lucidez que devolvía al mundo su proporción verdadera, y una serenidad rara que, al decir las cosas como son, les quitaba un poco de peso.

Mi papá tuvo el raro privilegio de nacer con una inteligencia excepcional, y dotado de una gran creatividad. Ya muy viejo, con Alzheimer avanzado, se quedó un momento frente a la placa de mi carro: BXQ221. Entonces, como un Ramanujan criollo, sonrió y me dijo: “Juan, el número de tu placa es fácil de memorizar: (10^2 + 11^2)”.

Y en cierta ocasión, después de estudiar la frecuencia de las letras en español, diseñó un teclado óptimo para el computador: en el centro puso las más utilizadas —E, A, O, S, N, R— y relegó a los extremos, en las otras filas, las más raras —K, W, X, Ñ, J, Z—. También inventó un mouse al que, con un humor muy propio, llamó el paus: se manejaba con el pie derecho, como el pedal de un órgano. Y no se detuvo ahí: ideó un espejo para verse por delante y por detrás, y hasta una parrilla de arepas “con tacones”, ocurrencias suyas que nos hacían reír sin parar.

Y también nos enseñó a perderle el miedo a zambullirnos en el agua con “flotadores inteligentes” de su propio diseño: un neumático delgado de bicicleta que iba desinflando a medida que ganábamos confianza en la piscina. Señalaba lo absurdo de los flotadores convencionales, enormes, que no permitían el más mínimo progreso y que, al final, ni siquiera dejaban mover los brazos con facilidad.

Y cuando yo era niño me enseñó un método para saber el día de la semana de cualquier fecha, en cualquier año. Ese “calendario universal” lo explica en uno de sus libros, y todavía hoy lo uso en mis clases de primer semestre para avivar la curiosidad de los estudiantes más interesados y atentos.

Y cuando esa inteligencia se encuentra con una personalidad implacablemente racional, el resultado es alguien capaz de liberarse del troquelado de la infancia —una de sus palabras favoritas—, de sacudirse el adoctrinamiento de las religiones y las ideologías, de mirar con sospecha las supersticiones, y de plantarse sin concesiones frente a esas fuerzas oscuras de la irracionalidad, que solo siembran sufrimiento y cosechan crueldad.

Diría que ese fue su mayor legado: una forma de pensar, una ética de la lucidez y de la razón. Eso es lo que dejó en quienes tuvieron la fortuna de conocerlo, y también en sus libros y ensayos. Y luchar por esa causa fue, sin duda, su batalla más constante.

Recuerdos de adolescencia

En mi casa se comía cheesecake y pie de manzana. También hacían una versión colombiana del pollo hindú, nasi goreng, del plato alemán con salchichas, chuletas de cerdo y repollo chucrut fermentado en sal, y del plato cubano con caraotas: rarezas culinarias que mi mamá preparaba y que dejaban a mis amigos entre asombrados y felices. Y también carne molida en sopa de arroz, un plato humilde al que llamaban “almuerzo de cura”. Y el famoso y vilipendiado “sudao de pollo”, la comida predilecta de Ató.

Pero el mayor orgullo culinario de la casa era el pollo mallorquín. No el original de Mallorca —el que un tío catalán nos enseñó a preparar—, sino el mestizo: con chicharrones y plátano maduro, cocinado a fuego lento en una olla de cerámica roja, esmaltada, hermosa, a la que llamaban la “grachonera”. Esa palabra la oí desde niño y todavía hoy no sé qué significa; ni siquiera sé si existe en algún diccionario. Pero en mi memoria quedó labrada con firmeza pétrea, como quedan las palabras que se aprenden en la infancia.

Para mi papá, la riqueza nunca tuvo un brillo especial. El dinero se trataba en casa con respeto práctico: útil para lo necesario y, a veces, capaz de comprar un pedazo de felicidad. Pero el poder que suele venir con él no despertaba reverencia; al contrario, parecía vulgar, casi indecente. El valor de la vida se medía en otra escala. Se respiraba una atmósfera intelectual única, libertaria y científica, donde se pensaba sin miedo y se desconfiaba de toda autoridad. Y esa manera de mirar el mundo —austera, libre— incomodaba a los conservadores y fascinaba a los jóvenes que empezaban a pensar por cuenta propia.

Había una biblioteca enorme, un altar laico custodiado por pequeños retratos que no eran del Sagrado Corazón ni de parientes, ni siquiera de sus hijos, sino de Darwin, Einstein, Newton, Dirac, von Neumann… y de otros nombres menos célebres, pero no menos venerados por él: Konrad Lorenz, Popper, Gödel, Ramanujan, y tantos más que, a su juicio, merecían un lugar en el panteón de los gigantes. En cambio, por los héroes de la historia oficial —Napoleón, Julio César, Alejandro Magno— sentía un desprecio sin límites, apenas superado por el que le inspiraban curas, obispos y papas, o cualquier otro líder religioso o político.

Y había un lugar que para mí era mágico, casi sagrado: el taller. Era un cuartito detrás de una puerta de bisagras, con un mesón de lámina de acero donde estaba empotrada una prensa pesada e imponente. De las paredes colgaban herramientas sujetas con tornillos, y sus siluetas estaban dibujadas sobre un tablón de madera pintado de blanco, como si cada una tuviera un sitio asignado desde siempre. Había cajones repletos de tuercas, tornillos, clavos, arandelas; estantes donde descansaban el soldador, el taladro, el amperímetro…; y cajitas con componentes electrónicos — pequeños capacitores, resistencias, dos o tres pares de transistores—, objetos de un valor inconmensurable en aquella época.

Los sábados por la mañana, como un ritual, hacíamos el mantenimiento de los carros. Yo lo imitaba con devoción: me enseñó a desmontar el distribuidor, a sacar los platinos, a limarlos y a calibrarlos con esas hojas finas de acero que miden en absurdas fracciones de pulgada. Luego venía, para mí, lo mejor: afinar la máquina con una lámpara estroboscópica que en Colombia no se conseguía, comprada en Sears en los años de mi primera infancia en Champaign, Illinois.

Para mí no había felicidad más grande que aprender esos secretos de la mecánica. Al terminar, nos lavábamos las manos con estopa y gasolina, y en la piel quedaba un olor indeleble, áspero y familiar. Luego él me enseñaba a sacar el combustible del tanque con un sifón, como quien comparte, sin alarde, uno de sus tantos trucos.

Pero la mañana del sábado —en el tiempo infinito de la infancia— todavía no se terminaba. Después nos íbamos a visitar a los abuelos, que vivían en una casa enorme: cuatro patios y un solar al fondo; pisos de baldosas con arabescos —como era costumbre en las viejas casas españolas—; y esa frescura de techos altos y puertas con arcos que aún perdura en mi memoria.

Y ese ser —que parecía hecho de razón pura— se convertía en humano cuando se trataba de su familia. La lógica, que en él era una armadura, se le ablandaba de golpe; bastaba con que algo rozara a sus hijos o a su esposa para que apareciera en él otra cara: la del miedo, la de la ternura, la de la urgencia, la de los celos…

Una vez, en nuestras vacaciones de fin de año en la costa Caribe —esas en que estábamos todos, como una familia ampliada: mi mamá, los tres hijos, los mejores amigos de mi papá y los hijos de ellos—, el descanso se quebró de pronto. En algún lugar de la casa estallaron sollozos y gritos; una frase repetida con angustia: —¡La niña se perdió… la niña se perdió! Mi papá y yo corrimos hacia el patio trasero. Sentí en el pecho ese vacío seco que no deja pensar.

—¿Quién se perdió? —preguntamos mi papá y yo casi al mismo tiempo.

—Se perdió Cristina —gritaban—, la amiga de infancia de Maritza, mi hermana menor.

Entonces vi a mi papá detenerse un instante, como si algo lo sujetara por dentro. Se llevó la mano a la frente, bajó la mirada y, en una voz apenas —tan baja que parecía una confesión—, murmuró:

—Uf… pensé que era Maritza.

También había en casa una colección de más de cien casetes: un pequeño archivo doméstico que, sin que yo lo supiera entonces, revelaba uno de sus mayores gustos. Estaban las obras de Bach, Beethoven, Mozart y todos los grandes; y, al lado, grabaciones que hoy todavía me pregunto cómo habrá conseguido: Xenakis, Schönberg y otros contemporáneos que no sonaban en ninguna parte. Había, además,

un casete de Manitas de Plata y de su primo José, esa música —desconocida entonces— que se llamaba flamenco, y una grabación completa del Martín Fierro: rarezas que ni siquiera se encontraban en la discoteca infinita del maestro De Greiff.

Cada casete venía numerado y rotulado con una pulcritud casi militar: título, compositor y, a veces, algún dato adicional. No era miedo al olvido; era su manera de poner orden en el mundo, de dejarlo todo en su sitio. Había, además, un catálogo, dispuesto alfabéticamente por títulos y composiciones, impreso en hojas anchas con perforaciones a un costado, salido del IBM de Coltejer —el único computador que existía entonces en Colombia, junto con el del Banco de la República—. Era el tipo de exceso organizado que lo retrataba: una mezcla de método, disciplina y cariño por lo que amaba.

Y recuerdo, sobre todo, su sentido del humor: se reía cada vez que contaba una anécdota mínima, pero perfecta. Una de sus secretarias, al rotular un casete, escribió “ayudante con moto” en lugar de “andante con moto”. Esa confusión lo divertía de una manera inagotable; la repetía una y otra vez, como quien vuelve a un chiste que nunca pierde gracia.

Y hablando de su sentido de justicia, nunca olvidaré aquella vez en que dos amigas muy cercanas de mis padres, Liliam y María Helena —rivales que no se soportaban—, ya con varios tragos encima, se desafiaron en un hotel de San Jerónimo. Liliam, en tono desafiante, retó a María Helena: si se tiraba a la piscina “en pelota”, le hacía allí mismo un cheque por un millón de pesos. María Helena, sin dudarlo un segundo —y a riesgo de que nos sacaran a patadas—, se quitó el traje de baño y se lanzó al agua. Lo difícil vino después: ¿debería cobrarse esa apuesta, producto del acaloramiento y el alcohol? Mi papá, con una sentencia tan salomónica como suya, dictaminó: “Yo creo que Liliam debe entregarle el cheque… y María Helena no debe cobrarlo”.

Coda

El viento de la tarde de este verano decembrino barre las hojas del parque, y en mi mente ese viento se vuelve una metáfora de la vida que se va: ligera, inevitable, sin preguntar. Ayer fui solo a visitar lo que queda del taller, el mismo de mi infancia, como quien regresa a un santuario, a ver si todavía estaba su navaja favorita. La encontré: intacta, silenciosa, como esperándolo.

Y por un momento me pareció sentirlo otra vez: el olor a herramientas, a madera, a hierro helado… y a él. Vi —o quise ver— el brazo fuerte que la movía; la mano masculina sosteniéndola con esa precisión tranquila que lo definía, y el reloj de pulsera metálica plateada temblando con el gesto, devolviendo un destello breve. Fue un segundo apenas, un relámpago: corrí el velo del pasado y alcancé a rescatar, por una fracción infinitesimal del tiempo, esas presencias ya ausentes. Y luego el velo cayó de nuevo, como cae siempre, y entendí con una claridad dolorosa que hay cosas que se pierden

irremediablemente… y, sin embargo, a veces vuelven a rozarnos, antes de irse, como el viento.

Al amigo y maestro Antonio Vélez en su evolución a polvo de estrellas

William Álvarez, médico y coautor de Imperfecciones Corporales, escribe estas palabras ante la muerte de Antonio Vélez

Antonio Vélez es de los pocos profesores y escritores que ha enseñado el escepticismo como una postura de cuestionar afirmaciones hasta que haya pruebas empíricas suficientes, usando el método científico para investigar y verificar, no de negar por dudar ni de huida o parálisis, sino de buscar la verdad basándose en la duda metódica, el pensamiento crítico, la razón y la carga de la prueba. Enseñó, y sigue enseñando a través de sus escritos, que el escepticismo es una curiosidad que investiga y un motor para el avance, que requiere humildad y apertura para aceptar errores y la capacidad de reevaluar teorías ante nuevas evidencias, lo que es clave no solo para distinguir la ciencia genuina de la falsa, sino para refinar teorías existentes, sin dejar de reconocer que la certeza absoluta es imposible. 

Así, pues, Antonio con su frase de “escepticismo debe ser asignatura escolar” y sus libros Del big bang al Homo sapiens, Ensayos a contracorriente, Medicinas alternativas, Parapsicología ¿realidad, ficción o fraude? y Manual de ateología, entre otros libros y artículos, nos ha dejado a discreción que consideremos la misma curiosidad del niño que tanto a él lo caracterizó, y que muchos de los aquí presentes de pronto llevemos dentro, para que continuemos lo que antaño en Europa Bertrand Russel con su libro de Ensayos escépticos presentó como una reivindicación del escepticismo ante las tiranías y los fanatismos, máxime que hoy es lo que urgentemente requerimos, ya que no solo muy pocos como Antonio lo entendieron, practicaron e impulsaron, sino que estamos confrontando nuevas y peores opresiones, como son las redes sociales, el mercado libertino y mayores polarizaciones incluida la referente al Norte que ha dominado históricamente hasta el conocimiento, muchas veces invalidado saberes locales y estableciendo paradigmas estrechos y formas más sofisticadas de dominación.