El laberinto de la ansiedad: De la neurastenia al Valium

Si alguna vez sentiste el corazón acelerado antes de una reunión importante, o una opresión en el pecho sin ninguna razón aparente, no eres el único. De hecho, es lo que nos sucede a la mayoría de nuestra especie. Estamos usando un sistema que nuestro organismo lleva perfeccionando desde hace millones de años. Lo que sí cambió es cómo la medicina y la psicología entienden —y tratan— esa sensación a lo largo de la historia. Y conocer ese recorrido, creemos en PSICOSAPIENS, nos ayuda a mirar la propia ansiedad con menos miedo y más claridad.

Cuando no tenía ni siquiera un nombre propio

Durante casi todo el siglo XIX, lo que hoy llamamos ansiedad no existía como un diagnóstico independiente. Los síntomas de angustia, nerviosismo o pánico se mezclaban dentro de categorías mucho más amplias y difusas como la neurastenia, la melancolía, la histeria. Todo entraba en la misma bolsa vaga de «los nervios».

El tratamiento, en consecuencia, era igual de impreciso: sobre todo reposo, las llamadas «curas de descanso», acompañadas de sedantes rudimentarios como el bromuro (introducido alrededor de la década de 1860) o, más adelante, los barbitúricos. No había ninguna comprensión biológica de lo que ocurría en el cuerpo de una persona ansiosa. Simplemente se la sedaba y se esperaba que, con el tiempo, «los nervios se calmaran solos».

Recién hacia fines del siglo XIX la medicina empezó a interesarse en delimitar con mayor precisión este cuadro, separándolo de otros. Fue un cambio lento, pero fue el primer paso hacia tratarlo como algo específico, y no como un síntoma más de un diagnóstico general e impreciso.

Dos caminos para explicar la ansiedad

A comienzos del siglo XX aparecen las primeras teorías serias sobre el origen de la ansiedad, y curiosamente desde dos escuelas casi opuestas. Sigmund Freud le dio un lugar central en su teoría: para él, la angustia era una señal interna, ligada a conflictos psíquicos no resueltos conscientemente. Su propuesta terapéutica era hablar, explorar a través de la palabra esos conflictos.

Del otro lado surge el conductismo. En la década de 1930, el psicólogo Orval Mowrer propuso la llamada teoría de los dos factores, que entendía la ansiedad como una respuesta de miedo condicionada, es decir, algo aprendido, y por lo tanto también algo que se puede desaprender. Esta idea fue la semilla de las primeras terapias de exposición, un enfoque que, con enormes refinamientos desde entonces, sigue siendo hoy uno de los tratamientos psicológicos con mejor evidencia para los trastornos de ansiedad.

Hablar del conflicto interno o entrenar a la mente y al cuerpo para desaprender el miedo: dos miradas distintas del mismo fenómeno, y ambas dejaron una huella que todavía se nota en la terapia actual.

El quiebre cultural de los años 60

El verdadero punto de inflexión llega en 1960, con la aparición del Librium, el primer ansiolítico de la familia de las benzodiazepinas, desarrollado por el químico Leo Sternbach. Tres años después, en 1963, llegó su sucesor mucho más potente y famoso: el Valium (diazepam).

El impacto fue enorme, y no solo clínico. El Valium se convirtió en un fenómeno cultural y comercial sin precedentes: para 1971, Librium y Valium juntos representaban más del 70% de las ventas anuales de su laboratorio solo en Estados Unidos. La revista Fortune llegó a describirlo como el mayor éxito comercial en la historia de los medicamentos con receta e incluso apareció mencionado por nombre en canciones, como «Mother’s Little Helper» de los Rolling Stones, y en el cine, como en la escena de Manhattan (1979) donde Woody Allen le advierte a su pareja que no debería tomarlo.

¿Por qué funcionaba tan bien? En 1967 se hicieron las primeras observaciones sobre su modo de acción, y recién en 1977 se identificó el receptor cerebral específico que explicaba el mecanismo completo. Las benzodiazepinas potencian al GABA, el principal neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso central. En términos simples, le bajan el volumen a la actividad cerebral general, generando un efecto calmante y relajante casi inmediato.

Por primera vez en la historia existía una pastilla capaz de «apagar» una crisis de ansiedad aguda. Y eso, sumado al proceso de desinstitucionalización psiquiátrica que ya venía en marcha, terminó de trasladar el tratamiento hacia la consulta ambulatoria, sacando a millones de personas del estigma de «tener los nervios delicados» o «ser muy nerviosos».

El costo de una solución que se toma

Las benzodiazepinas son extraordinariamente eficaces para calmar una crisis aguda, pero generan tolerancia y dependencia con relativa facilidad cuando se usan de forma sostenida. Lo que empieza como una solución puntual, en muchos casos termina convirtiéndose en una necesidad diaria, difícil de dejar sin acompañamiento profesional. La canción de los Rolling Stones que mencioné antes no es casualidad: retrataba exactamente eso, cómo el Valium se había vuelto el recurso cotidiano de toda una generación para sobrellevar el estrés, muchas veces sin ningún tipo de trabajo terapéutico real detrás.

Y ese patrón, calmar el síntoma sin abordar su origen, sigue siendo hoy el mismo riesgo con cualquier ansiolítico, aunque las moléculas hayan cambiado. La pastilla apaga la alarma, pero si lo que la está generando sigue ahí, tarde o temprano vuelve a sonar.

La ansiedad, vista desde la evolución

Desde la psicología evolucionista, la ansiedad es un mecanismo desarrollado durante millones de años con una función muy concreta: detectar peligro y prepararnos para reaccionar rápido, huyendo, paralizándonos, colaborando o enfrentando la amenaza. Es el mismo sistema que le permitía a nuestros ancestros reaccionar a tiempo frente a un depredador, para seguir con vida.

El problema es que ese sistema fue diseñado para un entorno de amenazas físicas concretas, no para el mundo en el que vivimos hoy: notificaciones constantes, incertidumbre e inestabilidad laboral, comparación social permanente, sobreestimulación de todo tipo. Nuestra alarma evolutiva sigue funcionando exactamente igual que hace miles de años, pero ahora suena todo el tiempo, frente a amenazas que ya no son físicas sino sociales, económicas o simbólicas. Eso es, en gran parte, lo que hoy llamamos un trastorno de ansiedad: una alarma antigua sonando de forma desproporcionada en un mundo nuevo.

Entender esto cambia la pregunta que solemos hacernos frente a la ansiedad. Ya no es solo «¿cómo la apago?», sino «¿qué me está señalando esta alarma sobre mi entorno o mi forma de vivir?».

El tratamiento de hoy para la ansiedad

Actualmente, el abordaje de la ansiedad combina distintas herramientas. Las benzodiazepinas se siguen usando, aunque con mucha más precaución que en los años 60, y existen también antidepresivos como los ISRS, con eficacia demostrada en varios trastornos de ansiedad y un perfil de dependencia considerablemente menor.

Pero el tratamiento con mejor evidencia a largo plazo sigue siendo la terapia psicológica, particularmente los enfoques que heredan aquella semilla conductista: la exposición gradual, el trabajo sobre los pensamientos que alimentan la alarma, y la comprensión de qué parte del entorno de la persona está sosteniendo ese estado de alerta constante.

La medicación puede ser una herramienta muy valiosa, sobre todo para bajar la intensidad de una crisis y crear las condiciones necesarias para empezar a trabajar en terapia, pero rara vez resuelve, por sí sola, la causa que está generando la ansiedad de fondo.

No hay que temerle a la medicación o la terapia

Si tuviera que resumir todo este recorrido en una sola idea, sería que la ansiedad no es un defecto de fábrica, es una alarma que alguna vez fue absolutamente necesaria para sobrevivir. El problema no es que exista, el problema es cuándo se dispara de más, y qué hacemos con eso.

No hay que temerle a la medicación cuando está bien indicada y acompañada por un profesional. Es una herramienta real, que en más de sesenta años de historia ha ayudado a millones de personas. Pero tampoco conviene conformarse solo con apagar la alarma. Vale la pena, siempre que se pueda, preguntarse qué está tratando de decirnos. Y ese es, justamente, el trabajo que hacemos en terapia.

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