La alerta permanente de la industrialización y la tecnología



El estrés forma parte de nuestra biología mucho antes de que existieran las oficinas, los teléfonos inteligentes o las redes sociales. Frente a una amenaza, el organismo activa rápidamente una serie de respuestas que aumentan nuestras posibilidades de sobrevivir: el corazón se acelera, la respiración se intensifica, los músculos se preparan para actuar y la atención se concentra en aquello que puede representar un peligro.
Durante miles de años, este mecanismo fue fundamental para responder a amenazas concretas e inmediatas. El problema aparece cuando un sistema diseñado para activarse ante una emergencia debe permanecer encendido durante largos períodos, desgastando la capacidad de respuesta de nuestro organismo.
Hoy podemos experimentar estrés por razones muy diferentes: incertidumbre laboral, problemas económicos, conflictos familiares, sobrecarga de trabajo, falta de sueño, comparación constante en redes sociales o la sensación de que siempre tenemos algo pendiente. El organismo responde a muchas de estas situaciones utilizando mecanismos que evolucionaron mucho antes de la vida moderna.
Una alarma diseñada para sobrevivir
Desde una perspectiva evolutiva, el estrés cumple una función adaptativa. Cuando nuestros antepasados encontraban un depredador, una situación de violencia, una tormenta o una lesión, no podían detenerse a analizar durante horas qué estaba ocurriendo. El cuerpo debía prepararse inmediatamente para actuar.
El corazón aumentaba su actividad para llevar sangre a los músculos, la respiración se aceleraba y se liberaban sustancias como la adrenalina y el cortisol. Al mismo tiempo, la atención se hacía más selectiva y algunas funciones que no eran prioritarias durante una emergencia pasaban a segundo plano.
Esta respuesta es particularmente útil cuando la amenaza es concreta, intensa y breve. La dificultad aparece cuando las amenazas son persistentes y no existe un momento claro en el que la emergencia termine. Una deuda, la inseguridad laboral, un conflicto prolongado o la sensación de falta de control no desaparecen después de unos minutos. En consecuencia, el organismo puede permanecer sometido a demandas repetidas durante mucho tiempo.
Cuando la vida comenzó a acelerarse
La historia moderna del estrés también está relacionada con la transformación de las condiciones de vida. Durante la Revolución Industrial, millones de personas pasaron a trabajar en fábricas caracterizadas por horarios rígidos, jornadas extensas, ruido, hacinamiento y menor autonomía sobre el propio tiempo. La vida comenzó a organizarse cada vez más alrededor del reloj.
En el siglo XIX se hizo popular entre ciertos sectores médicos el diagnóstico de neurastenia, utilizado para describir cuadros de agotamiento nervioso, fatiga, irritabilidad, insomnio, dolores de cabeza y dificultades para concentrarse. Aunque hoy sabemos que esa categoría reunía experiencias diferentes, expresaba una preocupación que sigue siendo reconocible: la posibilidad de que determinadas condiciones de vida terminen sobrepasando nuestra capacidad de adaptación.
La explicación científica de aquella época era todavía limitada. Se hablaba de “nervios agotados” o de los efectos de una vida moderna excesivamente intensa. Sin embargo, comenzaba a consolidarse una idea importante: el entorno puede afectar profundamente nuestra salud física y psicológica.
Cannon y Selye: la medicina comienza a explicar el estrés
Durante las primeras décadas del siglo XX, la fisiología permitió comprender con mayor precisión qué ocurre en el organismo ante una amenaza. El fisiólogo Walter Cannon fue uno de los investigadores fundamentales para explicar la respuesta de “lucha o huida”. Su trabajo mostró que la reacción ante el peligro no era simplemente una sensación subjetiva: implicaba cambios corporales coordinados por sistemas nerviosos y hormonales.

Décadas después, en 1936, el médico Hans Selye popularizó el concepto de estrés en la medicina. Selye propuso que el organismo podía responder de manera general ante demandas intensas o sostenidas y describió un proceso que incluía una fase de alarma, una fase de adaptación y, cuando la exigencia continuaba durante demasiado tiempo, una fase de agotamiento.

De las trincheras al estrés psicológico
Las guerras del siglo XX obligaron a la medicina y a la psiquiatría a enfrentarse con otra dimensión del problema. Durante la Primera Guerra Mundial, numerosos soldados presentaron temblores, pesadillas, insomnio, ataques de pánico, confusión, parálisis y dificultades para regresar a la vida cotidiana. Estas reacciones fueron inicialmente interpretadas de distintas maneras, incluyendo explicaciones relacionadas con lesiones físicas provocadas por las explosiones.
Con el tiempo, se hizo evidente que la exposición extrema al peligro, la violencia y la pérdida podía producir consecuencias psicológicas profundas. Esta evolución permitió diferenciar mejor entre estrés, reacciones agudas, problemas de adaptación y trauma. En 1980, el trastorno por estrés postraumático fue incorporado oficialmente a los manuales diagnósticos de la psiquiatría.
Esto también permite establecer una distinción importante: estrés y trauma no son sinónimos. Todas las personas pueden experimentar estrés, mientras que el trauma se relaciona con acontecimientos que pueden desbordar profundamente la capacidad de respuesta, como determinadas experiencias de violencia, abuso, accidentes graves, guerra o desastres.


No solo importa lo que ocurre, sino cómo lo enfrentamos
Durante el siglo XX, la psicología amplió la pregunta. No bastaba con estudiar las demandas externas: también había que comprender por qué una misma situación podía generar respuestas diferentes en distintas personas.
El psicólogo Richard Lazarus contribuyó a desarrollar una perspectiva según la cual el estrés depende no solamente de lo que sucede, sino también de cómo evaluamos la situación y de los recursos que percibimos para afrontarla.

Esto no significa que “todo esté en la mente”. La falta de dinero, la violencia, la inseguridad o una sobrecarga laboral son condiciones reales. Pero la evaluación que hacemos de una situación —si la percibimos como manejable, peligrosa, injusta o interminable— puede influir en nuestra respuesta.
Esta perspectiva también ayuda a entender por qué algunas estrategias proporcionan alivio inmediato pero mantienen el problema a largo plazo. Evitar una conversación difícil puede reducir momentáneamente la tensión, mientras que responder correos laborales hasta la madrugada puede disminuir una sensación inmediata de culpa, pero reforzar una cultura de disponibilidad permanente. Texto pegado.txtTXT
El costo de vivir bajo presión
En las últimas décadas, la investigación sobre estrés ha prestado especial atención a sus efectos acumulativos. El neurocientífico Bruce McEwen desarrolló el concepto de carga alostática para describir el costo que puede producir la adaptación repetida a las exigencias del entorno.

Dormir poco, trabajar sin pausas, vivir bajo incertidumbre, cuidar a otras personas sin suficiente apoyo o permanecer constantemente pendiente del teléfono pueden convertirse en fuentes de demanda. Ningún factor explica por sí mismo toda la experiencia de una persona, pero su acumulación puede dificultar la recuperación.
El estrés sostenido puede manifestarse como agotamiento, irritabilidad, tensión muscular, problemas de sueño, dificultades de concentración, cambios en el apetito o una mayor sensibilidad emocional. Esto no significa que todo cansancio sea un trastorno ni que cualquier síntoma físico tenga una causa psicológica. La evaluación de la salud debe considerar múltiples factores.
La fábrica ahora vive en el bolsillo
Quizás una de las transformaciones más significativas del estrés contemporáneo es que las fronteras entre trabajo y descanso se han vuelto menos claras. En el siglo XIX, la fábrica organizaba el tiempo de trabajo. En el siglo XXI, para muchas personas, esa fábrica puede viajar en el bolsillo.
El teléfono permite trabajar desde prácticamente cualquier lugar, pero también puede convertir la disponibilidad permanente en una expectativa. Ya no necesariamente terminamos nuestra jornada: simplemente dejamos de responder durante algunas horas.
A esto se suma la comparación constante de las redes sociales. El trabajo, los viajes, las relaciones y los cuerpos de otras personas aparecen convertidos en una vitrina permanente. La sensación de que todos avanzan más rápido puede convertirse en otra fuente de presión.
En este contexto también se popularizó el término burnout. La Organización Mundial de la Salud lo reconoce como un fenómeno ocupacional relacionado con el estrés crónico laboral que no ha sido gestionado adecuadamente, y no como una enfermedad que pueda utilizarse para explicar cualquier forma de agotamiento.
No se trata solamente de aprender a aguantar
Cuando pensamos en estrés, es habitual preguntar: “¿Cómo puedo manejarlo mejor?” Esa pregunta puede ser útil, pero no es suficiente. También necesitamos preguntarnos: ¿Qué está haciendo que mi sistema tenga que aguantar tanto?
A veces será necesario establecer límites, dormir mejor, reorganizar una carga, pedir ayuda o modificar determinados hábitos. En otras ocasiones, será necesario apoyo psicológico, médico o ambos. En PSICOSAPIENS estamos listos para acompañarte en el proceso.
En otras situaciones el problema no se encuentra exclusivamente dentro de la persona. Las condiciones laborales, la precariedad, la sobrecarga de cuidados, la violencia, la desigualdad o la ausencia de redes de apoyo también pueden producir demandas difíciles de resolver mediante estrategias individuales.
El estrés es una parte de nuestra biología y, en determinadas circunstancias, puede ayudarnos a responder. Pero cuando la alarma permanece encendida durante demasiado tiempo, puede ser necesario dejar de preguntarnos únicamente cómo resistir más y comenzar a preguntarnos qué necesitamos cambiar para no tener que vivir permanentemente en modo supervivencia.

